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MADRE CARNAL Y ESPIRITUAL – ESCUCHAR Y CUMPLIR LA PALABRA (Mt 12, 46-50)

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Lunes 21 de noviembre de 2022

ESPADA DE DOS FILOS VII, n. 41
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«El sacerdote debe proclamar la buena nueva, para que el que tenga oídos, oiga. Pero el que predica debe escuchar primero. Debe creer, y debe poner la Palabra de Dios en práctica. Debe profesar esa Palabra con el ejemplo, para que el Verbo, que se ha hecho carne, habite entre los hombres».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DE LA PRESENTACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
Señalando con la mano a sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos.
+ Del santo Evangelio según san Mateo: 12, 46-50
En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo entonces a Jesús: “Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren hablar contigo”.
Pero él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: no hay constancia en la Sagrada Escritura sobre la presentación de la Santísima Virgen en el Templo, pero gracias a una piadosa tradición, celebramos su fiesta con mucha alegría, por tratarse de nuestra Madre del cielo, igual que celebramos todas sus fiestas.
Yo pienso que es una ocasión maravillosa para nosotros, tus sacerdotes, de considerar en nuestra oración lo que significa una consagración total a Dios, siguiendo el ejemplo de Santa María.
Tú nos pediste ofrecerte nuestra vida entera, y te dijimos que sí. Nuestra Madre lo hizo seguramente muchas veces, desde que comenzó a tener conciencia de que la querías para ti. Y el momento culminante fue aquel “fiat”, ante el anuncio del Ángel.
Yo quiero hoy renovar mi sí, diciéndote que me entrego a ti, me abandono en ti, te entrego mi cuerpo, mi alma y mi voluntad, para que se haga en mí lo que tú quieras, para que yo viva en ti, sabiendo que tú vives en mí, configurado contigo. Y yo confío en ti.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: contempla la obra perfecta de la creación de Dios. Desde antes de haberla formado en el vientre de su madre, yo ya la conocía, la tenía consagrada, como recinto santo la constituí para ser mi morada, cuando, despojándome de mí mismo, dejando la gloria que tenía con mi Padre desde antes de que el mundo existiera, tomé condición de esclavo, asumiendo la naturaleza humana, y apareciendo en mi porte como hombre, rebajándome a mí mismo y haciéndome obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Solo Dios puede crear y escoger a su propia Madre, y ella es exactamente perfecta. Y en esta perfección ella se entregó totalmente a Dios, por su propia voluntad, desde que era una niña, desde su primer sí. Y, renovando ese sí, me dio todo lo que tenía, en una entrega absoluta de vida en cuerpo, en alma y en voluntad, al engendrar la mía. Y en la cruz ha dado más que todos, ha dado al mundo a su Hijo, que era todo lo que tenía para vivir.
Ella es mi Madre, y yo los he hecho a todos mis hermanos, y les he dado a mi Madre, de tal manera que todo el que escucha mi Palabra y la cumple, es mi Madre y mis hermanos, porque alcanza en mí la perfección.
Amigo mío: abandónate en mí. Entrégame tu voluntad, para que se haga mi voluntad. Conságrate a mi Sagrado Corazón en conciencia, entregándote totalmente en cuerpo, en alma y en voluntad.
Entrégate a mí como yo me entrego a ti en el altar, para hacerme tuyo, para hacerte mío; para que vivas en mí como yo vivo en ti; para que, al vivir tú en mí, dejes de ser tú y sea yo quien obre por ti, contigo, en ti.
Acepta esta entrega mutua, como aceptó María, porque Ella fue sin pecado concebida para ser mía, y yo ya la conocía. Pero Ella no lo sabía.
Porque Ella fue pura desde siempre y para siempre, para ser hija, para ser discípula, para ser mi Madre, para hacerme carne, para entregarme. Pero Ella no lo sabía.
Porque Ella fue creada para que en Ella se hicieran nuevas todas las cosas. Pero Ella no lo sabía.
Y Ella dijo ‘sí, hágase en mí según tu palabra’, porque Dios estaba con Ella, porque Ella estaba consagrada a Dios por la fe de sus padres. Y en este sí se consagra en conciencia, con todo su cuerpo, con toda su alma, con toda su voluntad.
Y así se dispuso, abriéndose al amor, para ser llena por el Espíritu Santo, para recibir en su seno a Dios, para ser engendrado, para ser encarnado, para entregarlo al mundo, como hombre y como Dios.
Amigo mío, dime sí.
La fortaleza está en el amor. Permanece en el amor. Y recibe los dones del Espíritu Santo, que conmigo y con el Padre es Dios verdadero de Dios verdadero.
Yo soy el bien, amigo mío. Si te abandonas en el bien ¿qué esperas? ¿El mal?
Yo soy la vida, amigo mío. Si te abandonas a la vida ¿qué esperas? ¿La muerte?
Yo soy el camino, amigo mío. Si te abandonas al camino ¿qué esperas? ¿Perderte?
Yo soy la luz, amigo mío. Si te abandonas a la luz ¿qué esperas? ¿Oscuridad?
Yo soy la verdad, amigo mío. Si te abandonas a la verdad ¿qué esperas, amigo mío, encontrar?
Yo soy el amor, amigo mío. Si te abandonas al amor, todo lo tendrás, porque, al aceptarme, al decirme sí, yo me doy, y el que tiene a Dios nada le falta.
Y en ese sí, renuncias a ti, renuncias al mundo, para ser completamente mío, para que yo te envíe al mundo a entregar este amor que yo te doy.
Que sean mis deseos tus únicos deseos, que sean mis anhelos tus únicos anhelos, que sea tu única ambición mi cielo. Confía en mí, abandónate en mí, y haz lo que yo te digo.
 Sacerdotes míos: son ustedes instrumentos, conductos, material de construcción, guías, pastores, pescadores, discípulos, apóstoles, maestros, amigos.
Pero, si un instrumento se corrompe, si está sucio, no sirve.
Si un conducto se obstruye, no sirve.
Si el material de construcción es débil, la construcción es frágil.
Si el guía no sabe el camino, no puede ser guía.
Si el pastor no reúne a su rebaño y no lo protege, no es pastor.
Si el pescador no echa las redes, no pesca.
Si el discípulo no es humilde, no aprende.
Si el apóstol no confía, no me sigue.
Si el maestro no enseña, no sirve.
Si el amigo traiciona, no es amigo.
Sacerdote, instrumento de gracia y misericordia, es por medio tuyo que me entrego yo; es a través de mí que yo te perfecciono para consumar mi obra, para que sea yo quien viva, quien actúe, quien obre en ti.
Tú, que has sido creado desde siempre y para siempre para configurarte conmigo, renuncia a tu humanidad, y acepta que sea yo, Cristo vivo, Dios encarnado y hombre divino, verdadero Dios y verdadero hombre.
Renuncia a tu humanidad y acepta mi divinidad, abandonándote en mí, como un niño en los brazos de su padre, como un bebé en el seno de su madre, en donde no existe el miedo, y la confianza es absoluta.
Entrégame tu cuerpo, tu alma y tu voluntad, para que yo te haga mío, perfeccionándote, configurándote conmigo, para que vivas en mí, para que sea yo quien viva en ti, Dios encarnado en ti, hombre divinizado en mí, permaneciendo en la fe, en la esperanza y en el amor, para llevarme a cada hombre, para llevar, por mí, al Padre, lo que le pertenece. Obra consumada por mí, conmigo, en ti. Obra consumada por mí, conmigo, en mí.
Todos los hombres perfeccionados, divinizados en un solo cuerpo del único que es perfecto, del único que es divino, el cuerpo del Hijo de Dios, mi cuerpo, el cuerpo de Cristo».

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Madre mía: imagino y contemplo a tus padres, caminando hacia el Templo, llevando de la mano a una hermosa niña, vestida de blanco, con un velo blanco sobre su cabeza, sandalias en sus pies, y en sus manos un ramo de flores blancas.
Contemplo en esa niña la inocencia, la bondad, la ingenuidad, la belleza, la ternura, la piedad, la integridad, la virginidad, la inmaculada, la pureza, la docilidad, la gracia plena, la alegría, la obra perfecta de Dios, que entra al Templo y dice sí, entregando a Dios todo lo que tiene: su voluntad y su disposición a amar, aceptar y cumplir la voluntad de Dios.
Contemplo a esa niña creciendo en estatura, en sabiduría y en gracia, ante Dios y ante los hombres, consagrada por sus padres al Señor, para honrar, para bendecir, para alabar y adorar su Santísimo Nombre y, sin ellos saberlo, para engendrar, dar a luz, cuidar, proteger, educar, guiar, acompañar, y entregar tu vida a Dios, con la vida del Hijo de Dios hecho hombre.
Contemplo después a la mujer hermosa, vestida de blanco, con la cintura ceñida por un lazo azul y un manto azul labrado en oro, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.
Es la misma creatura, eres tú, la Pura, la Inmaculada, la Bella, la creada desde siempre para ser la perfección humana en toda su plenitud, para ser la nueva Arca de la Alianza, la Madre del Hijo unigénito de Dios.
Y comparto ahora la mirada de tu Hijo, Rey del universo, que está absorta y fija en tu rostro de Reina y Madre. Prendado está el Rey de tu belleza.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijo mío, sacerdote: yo dije sí, y le entregué a Dios mi vida desde el primer día. Y dije sí, para confirmar cada día de mi vida mi entrega. La pureza de mi alma suscitaba un solo deseo: amar y servir a Dios. Pero supe claramente que mi vocación para servir al Señor era de esposa y madre. Sentía el deseo en mis entrañas de engendrar vida en mi seno, para entregar totalmente mi vida dando vida, sirviendo, dando, amando.
Pero, que iba a dar vida a quien me dio la vida, eso, yo no lo sabía. Pero dije sí, cada día, todos los días de mi vida, a todo lo que en mi alma mi Dios me pedía. Y estudié, y me mantuve siempre sujeta a mis padres y a la ley de Dios, con docilidad y obediencia.
Pero aprendí mucho más por experiencia, y supe que, en el principio, existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Todo se hizo por ella, y sin ella no se hizo nada. En ella era la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron, pero a los que la recibieron y creen en su nombre los hizo hijos de Dios, y la Palabra se hizo carne, fruto bendito de mi vientre. Y habitó entre los hombres, para traer a los hombres la salvación y la vida.
Hijo mío: yo nací para ser Madre. Madre del Hijo de Dios y Madre de todos los hombres, para que, por Él, con Él y en Él, sean una sola familia, como hermanos, como hijos.
Y por obra del Espíritu Santo fue encarnado el Verbo en mi seno, carne de mi carne y sangre de mi sangre. Y fue engendrado en mi vientre el que había ya sido engendrado en mi corazón espiritualmente.
Por tanto, yo soy Madre carnal y espiritual del Hijo unigénito de Dios, y madre espiritual de todos los hombres.
Pero soy Madre carnal y espiritual de los que han sido configurados con Él: ustedes, mis hijos sacerdotes, a los que yo llamo mis hijos predilectos, porque al recibir el sacramento del Orden sacerdotal se hacen uno con Cristo, y son ustedes mismos mis hijos encarnados, mis Cristos en el mundo, alcanzando, por su vocación, la perfección en Cristo, para ayudar a todos los hombres a alcanzar esa perfección, cuando todos sean uno en Cristo, unidos en un solo cuerpo por un mismo Espíritu, a través del Bautismo. Pero luego, enseñándolos y ayudándolos a permanecer, a través de los sacramentos, en Cristo, para que sean parte por ellos, con ellos y en ellos, del cuerpo de Cristo, que es la Santa Iglesia; para que todos sean uno en Cristo, perfectos.
Yo los acojo espiritualmente a ustedes, mis hijos carnales, mis sacerdotes, para ayudarlos a permanecer unidos a Cristo, configurados con Él, en cuerpo, en sangre, en alma y en divinidad: perfectos.
Ustedes deben, a imagen y semejanza de mi hijo Jesucristo, descubrir su vocación de hijo, para que aprendan a ser verdaderos hijos.
Ustedes deben aprender primero a ser verdaderos hijos, configurados con Cristo, para que aprendan a ser también esposos y padres. Entonces serán verdaderos sacerdotes, como padre, como hijo y como esposo, a imagen del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Hijos míos: yo de ustedes espero que sean perfectos, como el Padre Celestial es perfecto.
Dios ha mirado la humildad de su esclava y ha puesto en mí su confianza, y se ha abandonado en mi vientre, encarnándose en mi carne, compartiendo mi sangre, haciéndose mío, haciéndome suya, cuando yo dije sí.
Es Dios mismo que ha nacido hombre, siendo Dios, para ser como los hombres, para llevar a todos los hombres a Dios.
Es el amor encarnado en el vientre puro de mujer, que crece y se desarrolla, que nace niño y se hace hombre, para hacer a todos los hombres como niños, porque de los niños es el Reino de los Cielos.
Es la consagración una entrega absoluta. Que sea en conciencia tu renuncia a ti, hijo mío, abandonándote en el corazón de Jesús. Yo te ayudaré, porque, por mí, siempre se llega a Él».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ESCUCHAR Y CUMPLIR LA PALABRA
«El que tenga oídos que oiga, que escuche mi palabra y que la ponga en práctica».
Eso dice Jesús.
Todo está escrito ya, y se cumplirá hasta la última letra de la ley.
El que escucha la Palabra de Dios y la cumple, ese es el que obedece a Dios antes que a los hombres.
Ese es el que ama a Dios por sobre todas las cosas.
Ese es el que ama al prójimo como Jesús lo amó.
Ese es el que hace la voluntad de Dios.
El que escucha la Palabra de Jesús y la pone en obras, ese es el que se niega a sí mismo y toma su cruz para seguirlo.
El que escucha la Palabra de Dios, ese es el que se arrepiente y cree en el Evangelio.
El que escucha la Palabra de Dios, ese es el que se da cuenta que está a la puerta y llama.
Y el que pone la Palabra de Dios en práctica es el que abre la puerta para que Jesús entre y cene con él.
El que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica, ese ama, porque la Palabra es amor.
Ese espera, porque la Palabra es esperanza.
Ese confía, porque la Palabra está cimentada en la fe, para creer en aquel que ha venido al mundo a morir por los hombres para salvarlos, y ha cumplido la Palabra de Dios hasta la última letra de la ley.
El que escucha y cree, ese descubre el tesoro en el vientre inmaculado y puro de una mujer que ha escuchado, que ha creído, y que ha puesto la Palabra en práctica, transformando la Palabra en obras, permitiendo que el Verbo se haga carne y habite entre los hombres, para que todo el que crea en su Palabra, crea que Él es el único Hijo de Dios, y que ha sido enviado al mundo, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna.
El que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica ese sirve, y sirviendo ama.
Pero, ¿quién puede escuchar una Palabra que no es profesada?
Y ¿quién, si no el mismo Cristo, que es la Palabra, es profesada de la boca de sus sacerdotes?
Y ¿quién escuchará esa Palabra si el sacerdote la calla?
Profesar la Palabra es una obligación del sacerdote, porque es el camino para la salvación del que la escucha y cree.
Y es camino de santificación del que cree y pone esa fe en obras.
El sacerdote debe proclamar la buena nueva, para que el que tenga oídos, oiga.
Pero el que predica debe escuchar primero.
Debe creer, y debe poner la Palabra de Dios en práctica sirviendo, amando, obedeciendo a Dios, antes que a los hombres.
Y profesar esa Palabra con el ejemplo, para que el Verbo, que se ha hecho carne, habite entre los hombres.
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