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RENDIR CUENTAS DE CADA ALMA – CUMPLIR LA LEY DE DIOS (Lc 21, 20-28)

«Verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Jueves 24 de noviembre de 2022

ESPADA DE DOS FILOS V, n. 95
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tienes una gran responsabilidad, sacerdote: enseñar, regir y santificar al pueblo de Dios. Empieza contigo mismo, sabiendo que tú solo no puedes. Tú eres de Cristo, vives y eres guiado por el Espíritu. No te limites a mencionar la ley: practícala, cúmplela y enséñala, para que otros hagan lo mismo».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL JUEVES DE LA SEMANA XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO
Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo señalado por Dios.
Del santo Evangelio según san Lucas: 21, 20-28
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.
¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios les ha señalado.
Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: causa sufrimiento considerar tus palabras sobre los días de castigo que se aproximan, las calamidades, el cautiverio, la angustia, el miedo y todo lo que anuncias para “aquellos días”.
Pero también es verdad que da consuelo lo que dices al final sobre “levantar la cabeza” porque se acerca la hora de nuestra liberación, en tu segunda venida.
Es una llamada a la confianza, a la seguridad de que si vamos a ti no tendremos hambre, y si creemos en ti no tendremos sed. Para los justos, verte llegar con poder y majestad no puede ser sino un motivo de inmensa alegría.
Es la alegría de quien espera la hora de abrazar a su amado; como el anuncio de una madre dando a luz; como el fin de una larga espera entre cadenas, para ser liberado.
Señor: ayúdanos a todos a estar preparados, siempre vigilantes, con las lámparas encendidas.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: yo soy el Hijo de Dios. Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí no tendrá hambre y el que crea en mí no tendrá sed.
Días vendrán en que volveré para llevarme lo que me pertenece. Será un día de alegría para los que me aman y un día terrible para los que me odian. Tomaré a los que creen en mí y los pondré a mi derecha, y los justos entrarán conmigo al Paraíso. Los demás serán juzgados con la espada de la justicia. Porque hay quien viendo no ve y oyendo no oye. Dichosos los que no han visto y han creído.
Dichosos los que confían en mí. Tu seguridad y tu confianza también me pertenecen. Confía en mí. Es mi cruz la señal prodigiosa de todos los tiempos, la que anuncia el fin de la muerte, con mi vida y con mi muerte, testimonio del gran amor de Dios por los hombres, signo de salvación, testigo de misericordia, señal de fe consumada en mi resurrección.
Grandes prodigios verán antes de que el Hijo del Hombre vuelva, y los que temen a Dios se alegrarán, y los otros se horrorizarán.
Los que confían en mí me alabarán, y los que no confían morirán de miedo.
Los que tienen puesta su seguridad en mí serán llenos de paz, y los que tienen sus seguridades en el mundo perecerán en el mundo.
Porque no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida.
Sacerdotes míos: permanezcan en vela, estén preparados para cuando yo vuelva, abran sus ojos para que vean las señales. Porque el día que el Hijo del hombre vuelva, vendrá con todo su poder y majestad a llevarse lo que le pertenece. Entonces reunirá con su brazo a todos sus pastores, de todas las naciones, con todos sus rebaños, para que sean un solo pueblo santo.
¡Ay de ustedes los que estén dormidos!, porque deberán rendirme cuentas de cada alma que les ha sido encomendada, de cada sacramento, de cada absolución. Porque a ustedes les ha sido dada la sabiduría y el poder para conducir a mi pueblo hacia la tierra prometida.
A los que ustedes perdonen los pecados quedarán perdonados, pero a los que no perdonen quedarán sin perdonar.
A los que ustedes instruyan tendrán sabiduría, pero a los que no instruyan quedarán en la ignorancia.
A los que prediquen mi Palabra, tendrán fe para creer, pero a los que no lleven mi Palabra, no podrán creer.
A los que conduzcan a la luz, tendrán luz, pero a donde no lleven mi luz, quedarán en la oscuridad.
A los que ustedes santifiquen en mi nombre, esos verán a Dios.
Es por su fe, sacerdotes míos, que serán salvados, pero es por sus obras que serán juzgados. Y el Hijo del hombre vendrá con todo su poder para hacer justicia.
Yo los he llamado para que ustedes sean parte conmigo del banquete de bodas del hijo del Rey, para que traigan a los invitados, los sienten a la mesa y les den de comer y les den de beber, para que fortalezcan su perseverancia y su fe, hasta que yo vuelva.
Pero ¡ay de aquel que no esté vestido de fiesta y pretenda ser parte del banquete!, porque entonces será atado de pies y manos y arrojado a las tinieblas, y ahí será el llanto y el rechinar de dientes.
Sacerdotes de mi pueblo: muchos son los llamados, pero pocos los elegidos. Es por mi misericordia que son advertidos. El que tenga oídos que oiga».

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 Madre nuestra: a propósito de las señales prodigiosas en el sol, la luna y las estrellas, vienen a mi mente esas palabras del libro del Apocalipsis sobre el gran signo que apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Estaba embarazada y sufría dolores de parto, a punto de dar a luz.
Y el otro signo, un dragón de muchas cabezas, que quería arrebatarle el hijo a la mujer en cuanto naciera.
Pienso que esa mujer eres tú, llevando la luz a todas las naciones. El dragón es el diablo, furioso porque no puede devorar al Niño, y es vencido por la Luz. El Niño es Jesús, y la Luz la Palabra de Dios, con la que rige a todas las naciones.
Pienso en ti como Reina y Madre, sentada en la mesa para el banquete, que es la Carne y la Sangre del Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo, el que, siendo Dios, fue bautizado, para incluirnos a todos en un solo Bautismo, en un solo cuerpo y en un mismo espíritu, para la salvación de todo el mundo, para dar vida eterna en su Resurrección, a todos los que crean en Él.
Y pienso en Jesús, con su rostro imponente, majestuoso, divino, irresistible, mostrando la misericordia de Dios, que acoge, que vivifica, que purifica, que abraza, que une. Es el rostro de un hombre, la majestad de un rey y la omnipotencia de Dios, que se abaja a la impotencia y a la miseria de un alma enamorada, que no desea nada más que contemplar y servir a su amado, a su Rey, a su Señor, pero que es tan mísera su existencia, que se agota y se cansa, que se debilita y solo desea morir, para unirse para siempre en la misericordia infinita de su misericordioso creador.
Yo sé que se cumplirá hasta la última Palabra de la Escritura. Te pido que nos ayudes a todos a no perder de vista esa Luz, que es la Palabra de tu Hijo, para permanecer siempre bien preparados esperando su segunda venida.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu Corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: yo mantengo a mis hijos bajo la protección de mi manto; pero mis hijos deben reunirse en torno a mí, para que los cubra, para que los proteja, para que los auxilie, para que los abrace.
Yo ruego para que ustedes, mis hijos sacerdotes, lleven a todos los pueblos una misma fe, para que, por medio de los sacramentos, reúnan a todos en un solo pueblo, para que, cuando mi Hijo vuelva, los encuentre a todos reunidos bajo la protección de mi manto.
Confíen, hijos, en el que es, en el que era, y en el que ha de venir: el Todopoderoso.
 Yo soy la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe. De mi vientre sale la Luz para iluminar el mundo.
Y en el principio era la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Todo se hizo por ella, y ella era la vida, y la vida era la Luz de los hombres.
Y la Luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. La Palabra era la Luz que ilumina a todo hombre. Y vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a los que la recibieron les dio el poder de hacerse hijos de Dios.
Esos son mis hijos, y este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.
Hijos míos, yo lloro por mis hijos, sufro por mis hijos; por los que teniendo ojos no ven, y teniendo oídos no escuchan; por los que se tapan los ojos y los oídos, porque no quieren creer. Solo los que crean se salvarán.
Que estén preparados, porque nadie sabe ni el día ni la hora en la que los que tienen fe y creen en el nombre de Jesús, serán liberados. Los que no tengan fe serán vengados por sus malas obras, y todo será destruido.
Yo quiero que mis hijos escuchen y pongan en práctica la Palabra, para que fortalezcan su fe. Que desde el primer día del Adviento se escuche la voz que clama en el desierto: “Rectifiquen el camino del Señor”. Ese es mi consuelo y mi descanso».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – CUMPLIR LA LEY DE DIOS
«Se cumplirá hasta la más pequeña letra o coma de la ley» (Mt 5, 18).
Eso dicen las Escrituras.
Esa es Palabra de Dios.
Y tú, sacerdote, ¿crees en la Palabra de tu Señor?
¿La conoces?
¿La escuchas?
¿La profesas?
¿La practicas?
Cielos y tierra pasarán, pero la Palabra de tu Señor no pasará, porque son palabras de verdad, son palabras de vida, y la ley de tu Señor también es su Palabra, ley que te revela la verdad, para que obedezcas y tengas vida eterna, como eterna es su Palabra.
Porque Él, siendo Dios, se hizo hombre, y vino al mundo, no a abolir la ley, sino a cumplirla y a darle plenitud. Y se mostró al mundo tal y como es: hombre verdadero y Dios verdadero, para que lo conocieran, y así, conocieran su Palabra y entendieran que Él es el Cristo, y Cristo es la Palabra de Dios, el Verbo encarnado, que vino al mundo para ser crucificado, muerto y resucitado, y cumplir así hasta la última letra de la ley, dándole en su cruz la plenitud, amando hasta el extremo, porque nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Y esa es la plenitud de la ley alcanzada por el amor, por la voluntad de un hombre entregada a Dios, porque nadie le quitó la vida, Él mismo la entregó, derramando su sangre hasta la última gota, para liberar al mundo de la esclavitud, perdonando sus pecados, alcanzando para ellos la salvación, por filiación divina.
Así es como da plenitud a la ley tu Señor, sacerdote.
Y tú, ¿cumples la ley?
¿Le das plenitud?, ¿o pretendes abolirla con tu desobediencia?
¿Enseñas a otros a cumplir la ley de tu Señor con tu palabra y con tu ejemplo?, ¿o por tu silencio y tu mal ejemplo la desprecian hasta el punto de la indiferencia?
La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del ser, hasta la división entre alma y espíritu, articulaciones y médulas, y discierne sentimientos y pensamientos del corazón.
No hay creatura invisible para ella.
Todo está desnudo y patente ante los ojos de aquel ante quien rendirás cuentas.
Sacerdote: no desprecies ni uno solo de los mandamientos que te ha dado tu Señor. Antes bien, agradécelos y cúmplelos, para que puedas llevar a cabo tu misión.
Ya todo te ha sido dado, sacerdote.
Obedece y haz lo que Él te diga.
Es así como tú también das plenitud a la ley como Él.
Y luego ve y enseña a otros a cumplirla; y ayúdalos, porque nadie puede cumplir una ley que no conoce o que no entiende.
Desmenuza con tu lengua la Palabra de tu Señor y enséñales la verdad, qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, y amen al Señor su Dios con toda su alma, con toda su mente, con todas sus fuerzas, y al prójimo como a ellos mismos.
En esto se resume la ley y los profetas, y en este amor alcanza la ley su plenitud.
Y tú, sacerdote, ¿has alcanzado la plenitud del amor?, ¿o vives en la amargura faltando a la ley de tu Señor?
Rectifica el camino, sacerdote, y convierte tu corazón, amando, perdonando, cumpliendo la ley, buscando primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se te dará por añadidura.
Tienes una gran responsabilidad, sacerdote: enseñar, regir y santificar al pueblo de Dios.
Empieza, sacerdote, contigo mismo, sabiendo que tú solo no puedes, pero que eres de Cristo Jesús, y vives y eres guiado por el Espíritu para cumplir la ley, haciendo lo que Él te diga a través de su Palabra, cumpliéndola hasta la última letra. No te limites a mencionar la ley: practícala, sacerdote, cúmplela y enséñala, para que otros hagan lo mismo.
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