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PREDICAR CON EL EJEMPLO – EL PODER DE LA PALABRA (Mt 7, 21. 24-29)

«El que cumple la voluntad de mi Padre entrará en el Reino de los cielos.»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Jueves 1 de diciembre de 2022

ESPADA DE DOS FILOS I, n. 5
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«La Palabra es dinámica, sacerdote, está viva, fortalece el alma. La Palabra fortalece la fe. Fe que se engendra en cada criatura por el mismo Cristo, encarnado en el corazón de cada hombre dispuesto a transmitir su Palabra para ganar almas para el Reino de Dios.»

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL JUEVES DE LA SEMANA I DE ADVIENTO
El que cumple la voluntad de mi Padre entrará en el Reino de los cielos.
+ Del santo Evangelio según san Mateo: 7, 21. 24-27
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena. Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.
Palabra del Señor.
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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje?»” (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).
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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: me hacen pensar mucho esas palabras que dirigiste a tus discípulos, porque ejerciendo mi ministerio sacerdotal te digo muchas veces “¡Señor, Señor!”, pero, aunque me esfuerzo por cumplir, no sé si siempre cumplo con fidelidad la voluntad del Padre.
Tengo el deber de predicar, como instrumento tuyo. Y predicando asumo tu autoridad, para exigir a los demás que cumplan tu ley. Las palabras que salen de mi boca son las tuyas. Ayúdame a que sepa también escucharlas y ponerlas en práctica.
Yo soy enviado para anunciar tu Palabra: ¿qué debo hacer para también escucharla y cumplirla? Aunque esté cansado ¿qué debo hacer para predicar también con el ejemplo, uniéndome a tu cruz?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.
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«Sacerdote mío: no te canses de mí.
La Palabra que sale de mi boca no regresará a mi vacía. Yo he enviado a mis discípulos a anunciar mi Palabra, para que con mi Palabra construyan el Reino de los cielos, para que al anunciar el Evangelio edifiquen sobre roca firme.
Yo soy la Palabra.
Yo soy la Roca sobre la cual edifico mi Iglesia y permanezco en aquel quien me representa. Todo el Evangelio es resumido en una sola palabra: amor.
Yo soy el amor. El amor fortalece, anima, sostiene, vivifica.
Yo te envío fortalecido con mi amor, a anunciar el Evangelio a todos los rincones del mundo.
Yo te lleno de amor y te desbordo, para que nunca te canses de mí.
Reciban ustedes, mis amigos, el amor, vivan en el amor y anuncien el amor, engendrado en la pureza y en la belleza Inmaculada, para nacer al mundo, para entregarse al mundo para morir en el mundo, para salvar a todos los hombres, amándolos hasta el extremo.
Pastores míos, vengan a mí los que estén cansados y agobiados que yo los aliviaré.
Dispónganse a recibir mi amor, para que toda palabra que salga de su boca regrese a mí, para que por su boca llegue mi Palabra hasta los confines del mundo, para que todos conozcan mi ley, la ley del amor, y cumplan mis mandamientos, los mandamientos del amor, para que cumplan la voluntad del Padre, uniendo su voluntad a la voluntad del Padre, anunciando la buena nueva, el Reino de los cielos, y crean en mí, para que todo el que me escuche de su boca, crea en mí, y el que crea sea salvado para la vida eterna.
¡Ay de aquel que yo haya enviado y no anuncie mi Palabra, porque ese será condenado!
¡Ay de aquel que anuncie mi Palabra y no la cumpla, porque todo lo que construya será destruido!
¡Ay de aquel que escuche mi Palabra y no la cumpla, porque no entrará en el Reino de los cielos!
Es en la cruz en donde se derrama el amor y se desborda en misericordia.
Porque el amor no se puede contener, porque el amor es infinito y eterno, porque quien vive en el amor vive en la verdad.
Ustedes, que conocen la verdad, únanse a mi cruz, cumpliendo la voluntad del Padre, para que vivan en el amor, para que desborden misericordia.
Sacerdotes: son ustedes el fruto de mi cruz.
Es por mi cruz que el árbol de la vida ha echado raíces en tierra fértil.
Es por mi cruz que el fruto de este árbol es fruto bueno y dulce.
Es por mi cruz que este fruto es abundante. Yo soy el fruto del vientre de mi Madre.
Es por mi cruz que los hago frutos de su vientre como yo.
Sean fruto bueno para que su semilla también dé fruto bueno.
Yo derramo para ustedes el agua viva que brota de mi corazón, para que ustedes me amen como los amo yo.
No quiero solo el cansancio y el trabajo de ustedes, mis sacerdotes; quiero su entrega.
No quiero sólo el servicio de ustedes; los quiero conmigo, en mi cruz.
El fruto malo lo desecho. El fruto bueno lo aprovecho.
No quiero hombres que sean sacerdotes. Quiero sacerdotes que sean santos.
Acepten las oraciones de sus fieles, que son abono para mi siembra, para que sean sacerdotes santos.
Oren por sus fieles. Que por sus oraciones sean fieles santos.
Oren juntos al Padre, para que envíe más frutos a los vientres de las madres dispuestas a cuidar, a proteger, a dar vida.
Reúnanse en torno a mi Madre, para que sean fortalecidos en el amor, para que escuchen mi Palabra, para que anuncien la verdad, y cumplan con sus deberes, predicando con su boca mi Palabra, predicando con su ejemplo mi sacrificio, uniendo su voluntad a la mía, edificando sobre roca firme, porque el tiempo está cerca.
A los que han escuchado mi Palabra y la han puesto en práctica, y han sido prudentes en prepararse para estar listos para mi venida, que es todos los días en la Eucaristía, que es lo que los prepara para mi venida definitiva –cuando yo vuelva a poner los pies sobre la tierra para buscar lo que me pertenece–, yo los envío a proclamar mi Palabra, para que el mundo crea que Dios me ha enviado, para que se conviertan y crean en el Evangelio, para que se arrepientan y pidan perdón, porque no todo el que me diga ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que escuche mi Palabra y la cumpla.
El que cumple mi Palabra confía en mí, y en que yo estoy a su lado todos los días de su vida hasta el fin del mundo.
Con esa confianza, preparen mi advenimiento.»

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Madre mía: desde el día en que el Verbo de Dios se hizo hombre en tus entrañas, te diste cuenta de que tu Hijo es la Palabra viva, que exige correspondencia y exige fruto en abundancia, porque es Él la fuente de la vida.
Sabías que la eficacia viene de la colaboración personal en los planes de Dios, que son perfectos, porque así se construye sobre roca.
Tú eres modelo de quien escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica. Ayúdame a estar atento, porque no quiero otra cosa en mi vida que cumplir la voluntad de Dios.
Enséñame también a amar con obras a tu Hijo, para poder decirle todos los días: “Señor, Señor Jesús, yo te amo”.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijo mío, sacerdote: acompáñame a entregar ese amor que vive en mí y que vive en ti, que te llena y te desborda, anunciando el amor por medio de la Palabra que ha salido de la boca de mi Hijo, porque no regresará vacía, porque será cumplida hasta la última letra.
Yo intercedo por ustedes, mis hijos sacerdotes, para que escuchen la Palabra, y recuerden por la Palabra lo que deben hacer, lo que han prometido, a lo que han sido llamados, lo que han aceptado cuando dijeron sí, a lo que se han comprometido, y por lo que deberán entregar cuentas cuando el tiempo se haya cumplido.
El ángel del Señor defiende en la batalla a los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, porque esos hacen la voluntad de Dios. Y es esa voluntad la que él defiende, protegiendo la integridad de los hombres que en total libertad aman a Dios por sobre todas las cosas y eligen obedecer a Dios antes que a los hombres, uniendo su voluntad a la voluntad de aquel que lo ama porque es Dios y es Padre.
Confía en el Padre, confía en el Hijo, confía en el Espíritu Santo. Confía en el Señor, y cumple su voluntad, porque el que cumple la voluntad de Dios, ese entrará en el Reino de los cielos.
Permanece unido a mi Hijo en una sola alma y un solo corazón, construyendo el Reino de los cielos en la tierra, escuchando su Palabra y cumpliéndola, porque esa es la voluntad de Dios.
Trabaja de sol a sol, para llevar a las almas al abrazo misericordioso del Padre, para que cuando tu corazón de sacerdote se humille ante la grandeza y la omnipotencia, ante la abundancia y la gracia de la Palabra, entonces puedas decir ¡Señor, Señor! y entrar en el Reino de los cielos.
Trabaja sin tregua ni descanso todos los días, y no te distraigas. Permanece en oración contemplando los tesoros de mi Inmaculado Corazón, como alma contemplativa en medio del mundo.
Tus oraciones se unen a mi entrega total e incondicional a la voluntad de Dios, para pisar la cabeza de la serpiente. Construye sobre los cimientos existentes, pero asegúrate de que los cimientos estén puestos sobre roca.
Todo está en el plan de Dios. Confía en el Señor».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – EL PODER DE LA PALABRA
«No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos».
Eso dice Jesús.
Y te lo dice a ti, sacerdote, para que escuches su Palabra y la pongas en práctica.
Tu Señor te advierte, porque te ama.
¿Y qué es la Palabra, sino la verdad?
Una verdad que tu Señor te ha venido a enseñar.
Esa verdad que es la verdad del amor.
Es el amor, que es Él mismo, y que ha sido derramado al mundo para incluirte en esa única verdad de Dios, porque tanto amó Dios al mundo que le dio a su único Hijo, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna.
Esa es la verdad, sacerdote. Tu Señor fue enviado por su Padre para rescatar lo que se había perdido, y lo hace a través de la Palabra, que se entrega para llegar a todos los rincones del mundo, a través de la misericordia derramada en su cruz.
Palabra que no regresa vacía, regresa con las almas, porque la Palabra recoge, acoge, guarda, enriquece y diviniza, alimenta, sostiene, purifica, vivifica, santifica y salva.
Tu Señor es la Palabra, y la Palabra se encarnó en el vientre de una mujer elegida, pura, inmaculada y digna morada de Dios para contener a su criatura, que siendo Dios se despojó de sí mismo para hacerse criatura, y en esa criatura, y en ese vientre, renovar al mundo a través de la sangre compartida de una criatura con su creador.
La Palabra es dinámica, está viva, fortalece el alma. La Palabra fortalece la fe. Fe que se engendra en cada criatura por el mismo Cristo encarnado en el corazón de cada hombre dispuesto a transmitir su Palabra para ganar almas para el Reino de Dios.
Palabra que sale de la boca de una mujer que dice sí, y ese sí es Palabra de Dios que Él mismo pone en su boca, en sus labios y en su corazón, por el que la criatura une su voluntad a su creador.
Palabra que se vuelve presencia cuando la fe de la criatura se transforma en las obras de Dios.
La Palabra de Dios es como espada de dos filos que escruta los corazones, que penetra hasta las articulaciones y la médula de los huesos y expone los corazones para convertirlos, para cambiarlos, para transformar los corazones más duros, los corazones de piedra en corazones de carne.
La Palabra es el poder de Dios para divinizar al hombre, actuando en lo más íntimo, en la esencia del ser.
Ese es tu deber, sacerdote: transmitir el poder de Dios de convertir los corazones de los hombres a través de su Palabra, como espada cortante de dos filos, que enciende los corazones en el fuego del amor del Espíritu Santo y transforma el querer y el obrar.
Sin la Palabra el hombre es como una flor marchita que nadie ha tenido cuidado de regarla, de cuidarla, de protegerla, y se pierde en la indiferencia de una tierra árida en la que su misma semilla se pierde, se muere, se marchita.
Y tú, sacerdote, ¿escuchas la Palabra de tu Señor?
¿La meditas en tu corazón?
¿La practicas?, ¿o solo dices “Señor, Señor”, y no haces lo que Él te dice? Porque, si no escuchas la Palabra, ¿cómo vas a conocer la verdad? Y ¿cómo vas a hacer la voluntad de Dios, que es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de esa verdad?
Dios dijo hágase, y todo fue hecho. Ese es el poder de la Palabra, y ese es el poder que tu Señor Jesucristo ha traído al mundo. Te ha hecho su siervo, pero te ha llamado amigo, y te ha dado voz para hacer tu ministerio eficaz a través de la Palabra.

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