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LA PAZ DE CRISTO – EL PODER DE HACER MILAGROS (Lc 5, 17-26)

«Yo te lo mando: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Lunes 5 de diciembre de 2022

ESPADA DE DOS FILOS I, n. 9
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Pídele al Señor, en su nombre, sacerdote, y haz sus obras, confiando en su poder, perdonando los pecados de su pueblo. Cree en ti, y cree en Cristo que vive en ti. Repara su Sagrado Corazón con tus obras de amor, y confía en que Él te ha dado el poder, la gracia y el don para que no seas incrédulo, sino creyente».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL LUNES DE LA SEMANA II DE ADVIENTO
Hoy hemos visto maravillas
+ Del santo Evangelio según san Lucas: 5, 17-26
Un día Jesús estaba enseñando y estaban también sentados ahí algunos fariseos y doctores de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, de Judea y de Jerusalén. El poder del Señor estaba con él para que hiciera curaciones.
Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de entrar, para colocarlo delante de él; pero como no encontraban por dónde meterlo a causa de la muchedumbre, subieron al techo y por entre las tejas lo descolgaron en la camilla y se lo pusieron delante a Jesús. Cuando él vio la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: ‘Amigo mío, se te perdonan tus pecados”.
Entonces los escribas y fariseos comenzaron a pensar: “¿Quién es este individuo que así blasfema? ¿Quién, sino sólo Dios, puede perdonar los pecados?”.
Jesús, conociendo sus pensamientos, les replicó: “¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil decir: ‘Se te perdonan tus pecados’ o ‘Levántate y anda’? Pues para que vean que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados dijo entonces al paralítico—: Yo te lo mando: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.
El paralítico se levantó inmediatamente, en presencia de todos, tomó la camilla donde había estado tendido y se fue a su casa glorificando a Dios. Todos quedaron atónitos y daban gloria a Dios. y llenos de temor, decían: “Hoy hemos visto maravillas”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: a veces soy yo el paralítico, pero tú quieres que también sea camillero. Que lleve a las almas a tus pies, para que los cures, del cuerpo y del alma.
Y quieres también que yo sea un hombre de fe, y que se vea esa fe. Tú viste la fe de aquellos hombres y sanaste el alma del paralítico, porque te pareció más importante, en ese momento, que sanar su cuerpo, que curarías después.
Jesús, yo quiero tener esa fe para llevarte almas, muchas almas a tus pies. Para llevar tu paz a muchos corazones. Para que te abran sus puertas. Para que derroches tu misericordia sobre ellos. Para que regresen a su casa glorificando a Dios.
Señor, ¿cómo puedo ser yo misericordioso como el Padre, para poder llevar tu paz a todo el mundo?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos: miren que estoy a la puerta y llamo. Escuchen mi voz y déjenme entrar, para que cenen conmigo y yo con ustedes.
Es mi cruz la bandera de la victoria, el triunfo del bien sobre el mal, la señal de que el amor vence siempre al odio, la verdad a la mentira, la luz a las tinieblas, la vida a la muerte.
Es la misericordia de Dios la señal de su amor, que derrama sobre ustedes a través del amor del Hijo y de su muerte en la cruz, en donde se cumplen todas sus promesas, en donde la palabra es revelada, en donde la verdad es anunciada, en donde el camino es mostrado, en donde la vida es nueva y es eterna.
Mi paz les dejo, mi paz les doy. Reciban mi paz a través de mi misericordia y lleven mi paz a todos los rincones del mundo.
Yo los envío a buscar a las ovejas perdidas, a proclamar que el Reino de los Cielos está cerca, a alimentar, a curar, a liberar, a enseñar, a perdonar, a llevar misericordia a través de sus obras, dándolo gratis, como ustedes gratis lo reciben.
Entren en las casas, en los corazones, para que reciban de ustedes mi paz. Pero si alguno no quiere recibirla, que la paz vuelva a ustedes, sacudan el polvo de sus pies, y lleven mi paz a otra parte.
Yo los envío a proclamar mi palabra a todos los confines del mundo, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolos a cumplir mis mandamientos.
Hagan esto para que la misericordia del Padre regrese al Padre, pero que no regrese vacía, como mi Palabra no regresa a mí vacía.
Para que el Hijo regrese al Padre muchas almas santas, unidas por el Espíritu Santo con ustedes, y a través de ustedes y de su ministerio en perfecta virtud, en el cumplimiento de su misión, que es difícil, pero que con Dios nada es imposible, porque es un Dios justo, misericordioso, todopoderoso y eterno».

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Madre nuestra: tú eres Reina de la Paz, y Madre de misericordia. Nosotros, tus sacerdotes, tenemos experiencia de cómo los penitentes que acuden al sacramento de la misericordia recuperan la paz perdida por el pecado. Enséñanos a ser buenos administradores de la misericordia, a través de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, y de la predicación de la Palabra.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: reciban la paz de Dios y llévenla al mundo por medio de su misericordia. Porque toda misericordia viene de Dios, derramada en la cruz desde siempre y para siempre, para llevar a los hombres a Dios.
La misericordia de Dios se derrama en la cruz del Hijo, como la muestra más grande de amor de Dios por los hombres, porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su único hijo para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna.
Pero el mundo no quiso ver la luz, y cegado en las tinieblas del pecado, lo rechazó, torturándolo y matándolo en la cruz, en donde Él mismo se entrega como el más grande signo de amor, perdonando, amando hasta el extremo, destruyendo el pecado en cada herida, en cada espina, en cada clavo, recibiendo todo el peso y el impacto de todos los pecados del mundo, para destruir el pecado y la muerte del mundo, que por el pecado había ganado, recibiendo de adentro del corazón del hombre todo lo que contamina al hombre, entregando desde dentro del corazón de Dios lo que salva al hombre: el amor, por medio de su misericordia.
Porque lo que sale de la boca del hombre viene de dentro del corazón, y es lo que contamina al hombre. En cambio, lo que sale de la boca de Dios hiere los corazones de los hombres como espada de doble filo, para que por esa herida derramen como Él su misericordia.
Es en la cruz en donde el Hijo de Dios, que fue encarnado en vientre inmaculado de mujer para ser Hijo del hombre, para abajarse al hombre, para hacerse débil para ganar a los débiles, para hacerse todo a todos, para ganar a todos los que crean en Él, se entrega totalmente para morir y triunfar, para resucitar al mundo en la misericordia de su resurrección, para que crean en Él y darles vida eterna.
Porque todo el que crea en Él, aunque muera vivirá, y el que vive y cree en Él no morirá jamás.
Es su sangre derramada hasta la última gota la que limpia el pecado del mundo porque Él es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, pero su misericordia derramada por su sacrificio es infinita.
Es su carne inmolada y destrozada en la cruz el pan vivo bajado del cielo que alimenta para dar vida.
Y es su sangre y es su carne, en su misericordia infinita, para alimentar al hambriento y saciar al sediento, para liberar al oprimido y sanar al enfermo, para perdonar al pecador y corregir sus errores, para acoger a los pobres de corazón y vestir de pureza al desnudo, para consolar a los tristes con la alegría del encuentro, para aconsejar e instruir en el camino correcto con paciencia, para enterrar el pasado y darles vida nueva, para permanecer en la oración que fortalece la unión entre Dios y los hombres. Por tanto, la misericordia de Dios es Palabra y es Eucaristía.
Crean, hijos, en el Evangelio, y en que cada letra, cada palabra, cada texto, es misericordia derramada que alimenta y fortalece.
Crean en la Eucaristía, en que cada consagración, cada celebración, cada partícula de pan y cada gota de vino, es el cuerpo y la sangre viva de Cristo muerto, resucitado y glorioso, que se derrama en misericordia para perdonar y purificar a los hombres, para atraer a los hombres a Dios, porque nadie va al Padre si no es por el Hijo, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Yo bendigo al Padre como mi Hijo lo bendice, porque ha visto bien ocultar estas cosas a sabios e inteligentes y se las ha revelado a los pequeños.
Ustedes, mis hijos sacerdotes, son los más pequeños, y es por ustedes que me complazco en llevar la paz al mundo entero.
Yo intercedo por ustedes, para que crean en Cristo, confíen en Cristo y amen a Cristo, porque el creer está en la fe, el confiar en la esperanza y el amar en la caridad».

¡Muéstrate Madre, María!
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – EL PODER DE HACER MILAGROS
«¿Qué es más fácil decir: ‘Se te perdonan tus pecados’ o ‘Levántate y anda’?»
Eso pregunta Jesús.
Tu Señor te hace una pregunta, sacerdote, y pone a prueba tu fe.
Tu Señor te ha dado el poder de expulsar demonios y de perdonar los pecados de los hombres, y también te ha dicho que el que crea en Él, hará él también las obras que Él hace, y aún mayores, porque Él está en el Padre, y el Padre está en Él, y te envía a dar testimonio de esta verdad, para que el mundo crea por tus obras.
Demuestra tu fe, sacerdote, y haz lo que tu Señor te dice, pidiéndole en su Nombre, confiando en que Él te dará todo lo que le pides, para que el Padre sea glorificado en el Hijo, a través de ti y de tu fe puesta en obras.
Confía, sacerdote, en el poder de tu Señor, que Él mismo ha confiado en ti para conquistar al mundo a través de sus obras y su Palabra, pero si tú, sacerdote, a quien Él ha llamado “amigo”, no crees en su poder, ¿quién creerá en Él?
Y si tú, sacerdote, a quien Él ha hecho pastor de su rebaño, no crees en tu poder, ¿quién creerá en ti?
Y si tú no predicas con el ejemplo, haciendo la Palabra de Dios tu propia vida, y no eres digno de confianza porque no cumples sus mandamientos, ¿quién confiará en ti?, ¿quién confiará en la Palabra que predicas?,
Tu Señor vive en ti, sacerdote, y si al mundo le falta fe, que crean al menos por tus obras.
Tu Señor ha obrado milagros para que el mundo crea, y lo sigue haciendo para que conste que Él está vivo, que habita entre los hombres a través de ti, sacerdote, que obras cada día ante sus ojos un milagro patente, transformando un trozo de pan y un poco de vino, fruto del trabajo de los hombres, en el cuerpo y en la sangre de Cristo, en su alma, en su divinidad, que es don, alimento, comunión, gratuidad, ofrenda y vida, elevada en el altar: la presencia de Dios en la Eucaristía.
Y tú, sacerdote, ¿crees en los milagros?
¿Crees en el poder que te ha dado tu Señor, y en el poder de la intercesión de los santos?
¿Pides, en el nombre de tu Señor, beneficios, dones y gracias, para su pueblo?
¿Tienes caridad?
¿Tienes compasión?
¿Tienes encendido el corazón de celo apostólico, que te motiva a hacer las mismas obras que hizo tu Señor?
¿Le permites obrar por ti, contigo y en ti?, ¿o limitas la gracia por tu incredulidad y tu poca fe?
Recupera la confianza en tu Señor, sacerdote, teniendo visión sobrenatural, caminando con los pies en la tierra, pero con el corazón en el cielo, alimentando tu fe con su palabra, en la oración, abriendo tu corazón, reconociendo que tú solo no puedes nada, pero que en cada encuentro tu Señor te fortalece y su gracia te basta.
Decídete, sacerdote, a obedecer a tu Señor, y haz lo que te manda. Pídele en su nombre, y haz sus obras, confiando en su poder, perdonando los pecados de su pueblo y derramando sobre él su misericordia.
Cree en ti, sacerdote, y cree en Cristo que vive en ti. Repara su Sagrado Corazón con tus obras de amor, y confía en que Él te ha dado el poder, la gracia y el don para que no seas incrédulo, sino creyente.

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