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INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA – PUREZA ENGENDRA PUREZA (Lc 1, 26-38)

«SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Jueves 8 de diciembre de 2022

ESPADA DE DOS FILOS VII, n. 53
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tu Señor ha creado tu alma sacerdotal para ser una morada digna, pura, inmaculada, para recibir y para configurarse con la pureza que es Dios. Y tú ¿estás dispuesto a renovar tu alma, para ser una morada digna de tu creador, a imagen y semejanza de la Mujer que te engendró en su corazón?»

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DE LA SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
Alégrate, llena de gracia. El Señor está contigo.
+ Del santo Evangelio según san Lucas: 1, 26-38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.
María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje?»” (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: celebramos una gran fiesta de nuestra Madre. Una fiesta que nos habla, entre otras cosas, de la importancia de la virtud de la pureza. Virtud que hay que vivir por dentro y por fuera.
Desde niño yo he aprendido a tratar a la Virgen como madre. Y una madre buena siempre está pendiente de sus hijos, quiere lo mejor para sus hijos. Estoy seguro de que la Inmaculada custodia de modo especial el corazón de sus hijos sacerdotes, para que esté siempre limpio y puro, digno de quien es Cristo, esposo de la Iglesia, sin mancha ni arruga.
¿Cómo puedo luchar, Jesús, de mi parte, para vivir bien la santa pureza, y así cumplir fielmente con mis deberes sacerdotales?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos, amigos míos: el que quiera seguirme que reciba a mi Madre como madre, para que se haga hijo en el Hijo, para que por el Hijo sea unido al corazón de la Madre, para ser conducido a la casa del Padre, porque ella es la puerta del cielo.
Es por ella que ha venido la luz al mundo.
Es por ella que es entregado el Hijo al mundo, para redimirlos y recuperarlos a todos.
Ella es Madre de la misericordia y de la gracia, es Madre del amor, porque ella es la Madre de Dios, creador de todo lo creado, creador de ella, para hacerse hombre, para hacerlos hijos con el Hijo, por medio de la pureza de su virginidad y de su vientre inmaculado, en el que está el camino, la verdad y la vida.
Ella los mantiene en el camino seguro, los ayuda a vivir en la verdad para encontrar la vida.
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre si no es por mí.
Háganse como niños y busquen a mi Madre como un niño perdido busca a su madre -porque de los niños es el Reino de los Cielos-, y déjense abrazar por ella.
Y confíen en ella, como un niño confía en su madre, porque una madre cuida, protege, abraza, ama, sirve, alimenta, viste, enseña, sana, acompaña, asiste, auxilia, socorre, hace crecer al hijo y entrega su vida por él, para darle lo mejor. Y lo mejor soy yo.
Sacerdotes de mi pueblo: el que quiera ser mi amigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz de cada día y que me siga, para que se una conmigo y, por mí, al Inmaculado Corazón de mi Madre, para que, ayudados por ella, unan su cruz a la mía, y permanezcan y perseveren en su entrega, porque una madre ayuda, sostiene, alienta, compadece, da esperanza, fortalece la fe, para que, por mi cruz, mueran al mundo, para que por mi resurrección tengan vida eterna.
Sacerdotes míos: sean hijos y dejen que ella sea Madre, para que sean puros como ella, por el Espíritu Santo, perfectos como mi Padre, y santos como yo.
Para que, cuando el Hijo del hombre vuelva, los encuentre unidos al corazón de la Madre por el Hijo, para llevarlos a la gloria del Padre, con el Hijo, por el Espíritu Santo.
Pidan misericordia a la Madre de la misericordia. Pidan sabiduría a la Madre de la sabiduría. Pidan las gracias a la Madre de la gracia. Y reciban el amor de la Madre del Amor.
Confíen en mi Madre como madre y lleven su auxilio a todas las almas, para unirlas a la pureza de su corazón, por el mío, que purifica, que sana, que une, que santifica, que salva.
Su nombre es María, y en ella está consumada la belleza de la creación, porque ella es la Madre de Dios.
Ella es el Arca de la alianza, en donde guardo todos mis tesoros».

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Madre mía: tú eres la perfección humana, la pureza en forma de mujer, la belleza plena, la llena de gracia, la Inmaculada Concepción, el Arca de la Alianza, la Puerta del Cielo, la Estrella de la mañana, Madre del Creador, Madre del Redentor, Madre de gracia, Madre de misericordia, Madre de todos los hombres, Madre de la Iglesia, Madre de Dios, Reina concebida sin pecado original, la siempre Virgen y Madre, Reina del Paraíso, la Inmaculada y pura desde su concepción, la que permanece siempre virgen, que nunca fue tocada ni transformada, que permanece tal cual como Ella fue creada desde un principio, para ser digna morada del Hijo de Dios, y que es perfecta.
Virginidad de cuerpo y de alma, que encierra la integridad magistral de la criatura que fue creada Inmaculada y pura para ser preservada de todo pecado, para permanecer sin mancha ni arruga, pensada así por Dios desde antes de que el mundo existiera, para contener en sus entrañas la manifestación salvífica de la misericordia de Dios.
Vísteme de tu pureza, Madre, para que en mí encuentre gracia ante Dios. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: yo soy Inmaculada desde mi concepción, para permanecer en la pureza, para ser la Madre de Dios, para que el Padre atraiga a los hombres a mi Hijo, para llevar por medio de mi Hijo a todos los hombres a Él.
Es mi vientre puro el que los viste de pureza, porque el Espíritu Santo está conmigo. Y es por mi Hijo, que es el fruto de mi vientre, y por su infinita misericordia, que son acogidos todos los hombres como mis hijos, frutos del fruto bendito de mi vientre, que entregué al mundo para que, por su muerte y su resurrección, rescatara al mundo de la muerte, dándoles vida, haciéndolos partícipes de mi maternidad como hermanos de Cristo, unidos en un solo cuerpo y un mismo espíritu, para permanecer en la pureza que los santifica y los une como hijos al Padre.
Yo intercedo por ustedes, mis hijos sacerdotes, para que permanezcan conmigo, unidos a mi Hijo, por quien se derrama la misericordia de Dios para ustedes, y por ustedes para todos los hombres, para que permanezcan vestidos de fiesta, reunidos en vela y en oración, esperando al novio.
Yo vengo a traerles misericordia, como en las bodas de Caná, cuando ya no tenían vino, y que, aunque no haya llegado la hora, me escuchen, y crean, y hagan lo que Él les diga, para que sean saciados con el mejor de los vinos.
Yo les pido que se reúnan como en Pentecostés, dispuestos a recibir y a entregar la gracia, y que permanezcan dispuestos a servir al Señor, con la sierva del Señor, para entrar vestidos de fiesta al banquete del Cordero.
 Mi belleza es el reflejo de un alma Inmaculada, pura, sin mancha ni arruga. Así es el alma en el plan de Dios, desde siempre y para siempre. Es a lo que la humanidad está llamada, a la perfección.
Pero el pecado corrompió esa perfección y dañó ambas partes: a la humanidad y a Dios. Fue tan grave la negación del hombre al don, que en la humanidad dejó la mancha de ese pecado para siempre, haciendo al hombre imperfecto y alejando al hombre de la perfección que es Dios, en quien la herida y el dolor ocasionado por la traición al amor de su propia creación fue tan grande, como es el daño que sólo podía ser reparado con el propio amor al que ofendió.
Y Dios amó tanto al mundo que le dio a su único Hijo para que todo el que crea en Él tenga vida eterna. Y no sólo les dio a su Hijo, sino que le dio al Hijo una Madre, y el Hijo la hizo Madre de la humanidad. Y la Madre era una virgen, pura e inmaculada, que dijo sí, para permanecer virgen, pura e inmaculada, y hacerse Madre engendrando al Hijo por obra del Espíritu Santo, para hacerse uno.
Y el Hijo se hizo igual a los hombres en todo menos en el pecado, para hacerse pecado liberando a los hombres de la muerte a la que estaba sujeto por el pecado, destruyendo el pecado con su propia muerte, inmolando su cuerpo y derramando su sangre en la Cruz, haciendo a todos los hombres hijos, para que sean como Ella y digan sí, porque un hijo siempre se parece a su madre, y así, por obra del Espíritu Santo, sean engendrados por el Padre en filiación divina, a través del agua viva del sacramento del Bautismo, que los renueva y los hace hermanos del Hijo, y por tanto hijos de la Madre, para parecerse a Ella y ser inmaculados y puros, para que alcancen la perfección como Ella, diciendo sí, recibiendo al Hijo en el sacramento de la Eucaristía, para hacerse uno.
Pero la miseria de los hombres los aleja de Dios, que es tan infinitamente bueno y misericordioso que rescata continuamente al hombre de la miseria que lo inclina al pecado, que lo mancha y que lo aleja de Dios, a través del sacramento de la Confesión, que los renueva y les devuelve la belleza de la Madre que es el reflejo de un alma inmaculada y pura, sin mancha ni arruga, para que sea digna de retornar a Dios.
Es por eso que yo les muestro el camino, porque el camino, que es Cristo, lo he caminado yo. Un camino sin pecado en medio de un mundo de pecado, para hacerse esclavos del Señor, para que, humillándose en el mundo, una vez renovados, encuentren gracia ante Dios.
Yo soy la esclava del Señor, y he hallado gracia ante Dios, quien desde antes de la creación del mundo me eligió para hacerme Madre de todos los hombres, y renovar constantemente sus obras más perfectas: las almas de sus sacerdotes.
 En un principio Dios creó al hombre y a la mujer para darles vida y compartir su paraíso. Y si por una mujer vino la muerte al mundo, al tentar al hombre para cometer pecado, por una mujer vino al mundo la vida y por un hombre la salvación.
Eva fue la mujer que alimentó al hombre con el fruto del pecado.
Yo soy la nueva Eva, que renueva a los hombres alimentándolos con el fruto bendito de mi vientre, en cuerpo, en sangre, en alma, en divinidad, para darles vida.
Adán es el hombre que conduce el pecado a los hombres.
Mi Hijo Jesús es el nuevo Adán, que es la salvación y la vida para los hombres.
Son ustedes, mis hijos sacerdotes, los hombres que conducen el alimento de salvación, para alimentar a los hombres con el fruto bendito de mi vientre, que es Eucaristía.
El dolor de mi Inmaculado Corazón es causado por la espada de dos filos, por la cual se derrama la gracia, y que lo atraviesa para preservar la pureza de los corazones de ustedes, los hijos que me acompañan y pisan conmigo la cabeza de la serpiente, mientras ella intenta morder mi talón.
No tengan miedo, yo los protejo, y el Señor, que siempre está conmigo, está con ustedes, y su gracia les basta. Los santos interceden por ustedes para preservarlos en la pureza y en el amor».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PUREZA ENGENDRA PUREZA
“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.
Eso dijo el Ángel del Señor.
Se lo dijo a María, anunciándole que sería la Madre del Salvador.
La pureza engendra pureza.
La pureza no puede ser engendrada si no es por la pureza.
La pureza es Dios, la pureza es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Pureza que fue enviada al mundo para ser encarnada en la pureza.
Pureza hecha creatura en el vientre inmaculado y puro de una creatura pura, creada inmaculada, sin mancha ni pecado desde su concepción, para nacer pura, sin mancha y sin pecado, y crecer para convertirse en una mujer inmaculada y pura, sin mancha ni pecado, para engendrar la pureza, digna de merecer una morada inmaculada y pura, sin pecado, sin mancha ni arruga.
El Padre, que amó tanto al mundo que envió a su único Hijo para salvarlo, prepara desde un principio una morada digna para su Hijo; morada que recibe, engendra, hace crecer, alimenta, permite nacer a la pureza, en medio de la miseria del mundo, y en medio del pecado de los hombres, para salvar a los hombres, para dignificarlos, para devolverles la pureza con la que habían sido creados en un principio.
Tu Señor te ha elegido, sacerdote, para ser purificado, para ser ofrenda, para ser dignificado, para ser divinizado, para ser puro y vivir sin mancha ni pecado.
Pero tú, sacerdote, naciste siendo un hombre pecador, miserable, indigno, que no conoció la gracia de la pureza, porque fuiste concebido con la mancha del pecado original, del que has sido purificado por la gracia, de manos de otro sacerdote, a través del Bautismo, que infunde la gracia que solo da el Espíritu Santo.
Y es así como el hombre conoce la gracia, y se convierte en una creatura pura, inmaculada, sin mancha ni arruga, sin pecado, para vivir en medio de un mundo de pecado.
Pero en donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, que acompaña a ese niño que un día escuchó un llamado y se siente indigno y pecador, y Dios lo llama para ser ejemplo de la pureza, de la belleza, de la gracia del Hijo de Dios, y dice sí, pero sigue siendo un pecador.
Tu Señor ha creado tu alma sacerdotal, para ser una morada digna, pura, inmaculada, para recibir y para configurarse con la pureza que es Dios.
Y tú, sacerdote, ¿eres consciente de que sólo la pureza engendra pureza?
¿Estás siempre dispuesto a recibir la gracia que te purifica, que te dignifica y que te diviniza en Cristo?
¿Recibes la gracia para transformar tu corazón?
¿Estás dispuesto a renovar tu alma, para ser una morada digna de tu creador, a imagen y semejanza de la Mujer que te engendró en su corazón?
Acepta, sacerdote, la dignidad que te da tu Señor, y dispón tu corazón para entregarlo en los brazos de la Mujer que en su pureza engendró la pureza, para que naciera en medio de la miseria de los hombres, para atraerlos, por su misericordia, a la pureza que lo engendró: el Espíritu Creador, Espíritu de gracia, Espíritu consolador, Santo Paráclito renovador.

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