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LÁMPARAS ENCENDIDAS – SER LUZ (Marcos. 1, 7 – 11)

«Juan predicaba diciendo: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo”»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Viernes 6 de enero de 2023

ESPADA DE DOS FILOS I, n. 51
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Brilla, sacerdote, expón al mundo tu luz, exaltando el nombre de Jesús, desde el pesebre hasta la cruz, con tu vida, con la que das testimonio de que la luz está en la vida, porque la luz es Jesús. Ilumina el camino de los hombres con tus pasos. Que te sigan, para que los lleves a la verdadera fuente de luz».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL 6 DE ENERO, FERIA DEL TIEMPO DE NAVIDAD
Tú eres mi Hijo amado: yo tengo en ti mis complacencias.
+ Del santo Evangelio según san Marcos: 1, 7-11
En aquel tiempo, Juan predicaba diciendo: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.
Por esos días, vino Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Al salir Jesús del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en figura de paloma, descendía sobre él. Se oyó entonces una voz del cielo que decía: “Tú eres mi Hijo amado: yo tengo en ti mis complacencias”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: la figura del Bautista es impactante. Tú dijiste que no había hombre, nacido de mujer, mayor que Juan. Llevaba una vida de mucha austeridad, y era muy eficaz su predicación, porque no solo predicaba con su palabra, sino con su ejemplo.
Yo pienso, Jesús, que a él lo santificaste en el seno materno, y por eso dio mucho fruto, porque era tu predilecto. Yo, en cambio, me siento muy limitado. No tengo esa gracia especial con que contaba Juan. Y me pides también que prepare tus caminos. ¿Cómo le voy a hacer?
¿Debo sentirme también tu predilecto, por ser sacerdote? A veces se me olvida que soy “el mismo Cristo”. No soy yo, eres tú el que quiere actuar a través de mí.
Señor ¿qué es lo que esperas de mí?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: yo te envío a anunciar el Evangelio.
Para que los que tengan ojos vean y los que tengan oídos oigan.
Para que los que no creen, crean y los que creen se dispongan a recibir mi alegría para llenarlos y desbordarlos.
Para que entregues esta alegría en el anuncio de la buena nueva, llegando a todos los rincones del mundo, anunciando que el Reino de los Cielos está cerca.
Estoy a la puerta y llamo: que me abran, y que me dejen entrar.
Ustedes, mis sacerdotes, son Juan y son Elías, precursores de mi llegada, los que proclaman mi Palabra, los que construyen mi Reino, anunciando el Evangelio, bautizando en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Ustedes, que no son dignos de desatar la correa de mis sandalias, son los que yo he enviado antes de mí, para anunciar que el Hijo de Dios ha venido al mundo, nacido de un vientre puro de mujer virgen, engendrado por el Espíritu Santo, nacido como hombre siendo Dios, alimentado por los hombres, bautizado, recibido y aceptado por los hombres, escuchado y alabado por los hombres, tentado por el diablo viviendo en el desierto, rechazado por los hombres, juzgado y sentenciado injustamente, despreciado, torturado, despojado de todo, por los hombres, desangrado hasta la muerte en una cruz, sufriendo en carne y en espíritu el destierro y el exilio del mundo, al que Dios tanto ha amado, que entregó a su único Hijo al mundo para salvarlo, para redimirlo, para hacer nuevas todas las cosas, para vencer a la muerte y al pecado en la resurrección del Hijo que trae al mundo la fe, la esperanza y el amor para la vida eterna.
Permanezcan en vela y en oración, esperando a que vuelva, porque nadie sabe ni el día ni la hora, pero el tiempo está cerca.
Crean en el Evangelio, arrepiéntanse, pidan su conversión, y entréguense a mí, para que yo cambie sus corazones de piedra en corazones de carne, para que reverdezca su desierto, para que florezca y dé fruto.
Yo haré florecer sus desiertos, para que sus ofrendas sean grandes y agradables al Padre, si ustedes permanecen a los pies de mi cruz, recibiendo al Espíritu Santo, por quien recibirán la gracia de la perseverancia, y los dones para permanecer en la disposición a recibir y a entregar mi amor.
Sacerdotes míos: yo los envío a anunciar el Evangelio a todos los rincones del mundo, a llevar mi misericordia por medio de los sacramentos.
A buscar, a encontrar, a convertir, a perdonar, a reconciliar y a mantener en una misma fe a todas las almas del mundo.
Yo los envío a predicar y a edificar, a conducir el agua de mi manantial a todos los desiertos del mundo, para que brote la vida que está oculta a los ojos del mundo, a anunciar la buena nueva: que la venida del Hijo del hombre está pronta, y se acerca el día en el que el pueblo de Dios será liberado.
Que ese día los encuentre reunidos, en una misma fe, en un solo pueblo, en una sola Iglesia, en torno a mi Madre, que es Madre de mi pueblo y de mi Iglesia.
Muchos signos son enviados. No cierren sus ojos, para que vean, no cierren sus oídos para que oigan.
Ustedes son menos que Juan y menos que Elías. Ustedes son los más pequeños, pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es el más grande.
Yo los envío como Juan y como Elías a anunciar y a construir mi Reino, para que en su pequeñez sean fruto, como el fruto bendito del vientre de mi Madre, para que siendo pequeños sean grandes, para que sean sacerdotes, para que sean Cristos en el mundo, anunciando la venida del Cristo, el Rey del Universo.
Yo soy el que soy, el que era y el que vendrá.
Ustedes son mis amigos, por los que yo he dado la vida.
Permanezcan en mi amistad, en sacrificio, unidos a mi sacrificio, entregados a mi servicio, sirviendo, unidos a mí, orando, pidiendo y haciendo penitencia, para que todo lo que yo he venido a buscar sea encontrado, lo que yo he venido a edificar sea construido y lo que yo he venido a salvar sea salvado.
Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá.
Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre.
El que tenga oídos que oiga».

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Madre nuestra: en muchos lugares se celebra el día de hoy la fiesta de la Epifanía. Y en otros sitios se proclama el Evangelio de San Marcos, sobre el bautizo de Jesús en el Jordán. Son dos epifanías.
Manifestarse es “darse a conocer”. Yo diría: brillar con una luz especial, para ser visto. Y eso es Jesús: la luz del mundo.
En esos dos momentos de su vida brilló su divinidad ante los ojos de los hombres. Y tiene que seguir brillando.
Y yo, sacerdote, que soy Cristo desde el pesebre hasta la cruz, debo también ser luz del mundo, debo reflejar con mi vida y con mi ministerio esa luz, la del Sol que ilumina el mundo. Y bautizar con el fuego del Espíritu Santo.
Tu imagen bendita de Guadalupe tiene unos rayos, a modo de halo luminoso, que nos hace ver que eres la Madre del Sol (que es Jesús).
Madre nuestra: ayúdanos a saber transmitir esa luz.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: ¿no estoy yo aquí que soy su madre? ¿No están bajo mi protección y compañía? ¿Qué les aflige? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”
Yo soy la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe, Madre de Dios y Reina del Cielo.
En mi seno llevo la Luz, que es el Sol, para iluminar el mundo, y lo doy al mundo como fruto de mi vientre, para que el mundo lo conozca, y en Él todos los hombres tengan vida eterna.
Roma es la roca bajo mis pies sobre la cual mi Hijo edifica su Iglesia.
Es desde aquí, desde el corazón de la Iglesia, desde donde brillará la Luz para todos, a través de las estrellas de mi manto.
No permitan, que mis estrellas se apaguen.
No permitan que se extinga la luz de la fe.
Sean como estrellas que reflejen la luz del Sol, y transmitan la fe a través de la Palabra y del ejemplo.
Que la fe sea la luz que brille en sus corazones, encendidos en el amor de Cristo, para que mantengan las lámparas encendidas y sean la luz del mundo.
Entonces vendrán pastores y reyes de todas las naciones del mundo para bendecir, para adorar, para alabar, para glorificar al único Sol que brilla por su propia luz, que es Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, Hijo del Padre todopoderoso y eterno, quien creó el cielo y la tierra, que es amor, y por amor a los hombres envió a su único hijo al mundo, para retornar a Él a todos los hombres de buena voluntad, en comunión en el cuerpo de Cristo para la vida eterna.
La Luz es enviada al mundo para que los que caminen por la oscuridad la encuentren, para que los que caminen por la Luz nunca se pierdan, para que los que quieran ver la Luz, encuentren en la Luz el camino de vuelta a la casa del Padre.
Yo soy Madre de la Luz, y todo el que se reúna conmigo recibirá a Aquel que está conmigo, y que es el Espíritu de Dios, que los une al Hijo y al Padre, para que Dios permanezca en ellos y ellos permanezcan en Dios.
Mi Hijo era muy pequeño, pero en Él yo veía la grandeza de Dios, y en Él yo descubría la luz y la sabiduría cada día, y en Él descubría que era bueno temer a Dios y no a los hombres, amar a Dios y no al mundo, pero también amar a Dios amando a los hombres.
Y podía tocarlo, y abrazarlo, y besarlo, como hace cualquier madre con su hijo. Pero, cuando llegaron de lugares lejanos a adorarlo, entonces entendí que la Luz no era solo para mí, que debía compartirla con el mundo, porque para eso había nacido yo, y para eso había sido enviado Él a nacer en el mundo como un bebé, para hacerse niño, para hacerse hombre, para ser Cordero y ser sacrificado, para lavar con su sangre todos los pecados del mundo.
Y era un niño, y era hombre, y era Cordero, y era Dios revelado al hombre a través del rostro de un niño.
Y Él era judío, como yo, nacido en Belén, para hacer santa la tierra de Jerusalén, para invitarlos al banquete del Cordero. Pero los invitados no quisieron venir, y el Cordero envió a sus amigos, con su luz, a traer como invitados a todos los que quisieran venir.
Porque la Luz es para todos, pero el banquete solo es para los invitados que quieran venir, y que estén a la espera, vestidos de fiesta.
Es por esta Luz que se unirán los pueblos y las naciones en un solo pueblo santo de Dios, en una sola Santa Iglesia, edificada sobre la roca y protegida bajo mi manto maternal, para que sea adorado, alabado y glorificado el que está pronto a venir, pero nadie sabe ni el día ni la hora, sino solo el Padre.»

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – SER LUZ
«Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida».
Eso dice Jesús.
Y también te dice a ti, sacerdote, que tú eres la luz del mundo y la sal de la tierra.
Y si la sal se desvirtúa ¿con qué se le salará? Se vuelve inservible, un desecho, ya no sirve para nada.
Y si la luz no ilumina, si la luz se esconde, se oculta y se apaga, ¿de qué servirá? Una luz que no ilumina tampoco sirve para nada.
Que brille tu luz, sacerdote, como la estrella sobre el pesebre, para que seas guía que lleve a los hombres al encuentro con Cristo. Para que ilumines el camino de los adoradores, de los que le llevan regalos, de los que desean ser santos, de los que están perdidos y quieren ser encontrados y convertidos.
Que seas tú la luz de Cristo que brilla sobre la tierra.
Que seas tú el que lleva la buena nueva.
Que seas tú, sacerdote, luz que ilumine en medio de las tinieblas del mundo, porque la luz vino al mundo, y el mundo no la recibió, porque prefirió las tinieblas a la luz.
Y el mundo ocultó la Luz con la muerte en la cruz, pero la Luz era Dios, y la Luz brilló con más fuerza, para llegar a todos los rincones del mundo.
Jesús era la luz de la tierra, cuando estaba en la tierra.
Ahora, la luz de la tierra, sacerdote, eres tú.
Brilla, sacerdote, expón al mundo tu luz, exaltando el nombre de Jesús, desde el pesebre hasta la cruz, con tu vida, con la que das testimonio de que la luz está en la vida, porque la luz es Jesús.
Ilumina, sacerdote, el camino de los hombres con tus pasos. Que te sigan, para que los lleves a la verdadera fuente de luz, y permanece tú en la luz de Cristo, para que tu luz permanezca en Él y Él en ti, para que brille para siempre.
Que sea el Espíritu Santo la luz que te encienda, para que tu brillo sea de amor, para que el reflejo de tu brillo sea esperanza que encienda la fe de los hombres, para que los lleves a la luz, que es el encuentro con Cristo.
Y si un día se apagara tu luz, pide, sacerdote, con todas tus fuerzas, ser encendido de nuevo en la llama viva del amor de Dios, porque todo lo que tú le pidas en su nombre Él te lo concederá.
Que seas tú, sacerdote, siempre lámpara encendida, por Cristo, con Él y en Él, para que se escuche la voz de tu Señor, que abre el cielo para decir: “éste es mi Hijo amado, en quien yo pongo mis complacencias”.
Eres tú, sacerdote, la luz de Cristo que brilla para el mundo, preparando los caminos del Señor, para que seas como Él, y el mundo descubra su grandeza en tu pequeñez.
Que seas tú, sacerdote, la luz que brilla, iluminando las tinieblas en medio del mundo.
Que seas tú, sacerdote, quien dé a conocer el nombre de Jesús, y quien realice sus obras.
Que seas tú, sacerdote, quien prepare el camino para la venida definitiva del Hijo de Dios.
Que seas tú, sacerdote, morada de descanso en donde Él pueda reclinar su cabeza.
Que seas tú, sacerdote, adorador en el pesebre y en la cruz.
Que seas tú, sacerdote, quien haga presente al Hijo de Dios en el mundo a través de la Eucaristía, para que, iluminado por el Espíritu Santo, seas un rayo de luz y seas la estrella que guía a los hombres al encuentro con Cristo, y seas por Él, con Él y en Él, el hijo amado en quien Dios se complace.
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