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Categoría: Audio Post

FAMILIARES DE JESÚS – ESCUCHAR Y OBEDECER A DIOS

«Mi Madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Martes 26 de enero de 2021

ESPADA DE DOS FILOS III, n. 20
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Sacerdote, tú eres responsable de las obras de los hombres, porque tú has sido elegido y preparado para llevar la palabra de Dios a todos, para que ellos lo conozcan, para que crean en Él, para que escuchen su palabra y hagan lo que Él les dice».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL MARTES DE LA SEMANA III DEL TIEMPO ORDINARIO
El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.
+ Del santo Evangelio según san Marcos: 3, 31-35
En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”.
Él les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: qué manera tan genial tuviste de aprovechar la cercanía de tu Madre para elogiar su plena disposición para cumplir la voluntad del Padre.
Ella siempre te acompañaba en silencio, pero sí, era necesario ponerla como ejemplo de quien escucha la palabra de Dios y la pone en práctica.
Aprovechaste que había una multitud para hacerles ver que lo más maravilloso de Santa María no era haberte traído al mundo, sino haber cumplido con generosidad su papel de esclava del Señor.
Todos sabemos que para alcanzar la vida eterna hay que esmerarse por cumplir lo que Dios quiere para cada uno de nosotros.
Los sacerdotes tenemos unas exigencias particulares que debemos cumplir, propias del ministerio, que aceptamos gustosamente cuando fuimos ordenados, porque sabíamos que ese era el camino que tú querías para nuestra santidad. Pero a veces nos cuesta cumplirlas.
Hemos de luchar para cumplir todas las virtudes, y en eso vemos la voluntad de Dios. Pero, para un alma entregada a Dios, se suele poner el acento en la pobreza, la castidad y la obediencia.
Señor, ¿qué debemos hacer nosotros, sacerdotes, para que se nos pueda considerar tu hermano, tu hermana, tu madre?

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«Amigo mío: tú has sentido y escuchado un llamado. El llamado a dejarlo todo por seguir y servir a Cristo Jesús. Y dime, amigo mío, ¿hay alguien a quien un hombre ama más que a sus hermanos y a su madre?
La madre y los hermanos representan esos lazos familiares, pero también incluye a los hijos y a los padres. Quiero que comprendas que el llamado a la vocación sacerdotal anima a dejar padre, madre, hermanos, esposa, hijos, tierras, con alegría. A los que tienen el llamado no les cuesta tanto dejarlos, como les cuesta a los que ellos dejan, porque no entienden, no comprenden que es un amor más fuerte.
Y deciden en libertad, a veces en contra de su familia. Lo dejan todo y se van, siguiendo el llamado y los sentimientos de su corazón enamorado de Dios, que está encendido en fuego vivo, urgido de almas para llevarle a Dios.
Siente eso, amigo mío, una y otra vez, cada día. Que te confirme tu alegría el llamado a vivir configurado con Cristo Buen Pastor, haciendo del mundo una casa peregrina, buscando que las almas cumplan la voluntad de Dios, para reunirlas en una gran familia para la gloria de Dios.
No muchos entienden el valor del sacerdote, el que pueda dejarlo todo y vivir en soledad, santificando su vida como misionero, buscando almas para santificar. Y, aun así, a veces la tentación es más fuerte que la debilidad de su carne, y los somete, para conducirlos a la traición, que es contra ellos mismos, porque en ellos yo soy.
Pero yo los perdono cuando, arrepentidos, vuelven con el corazón contrito y humillado a pedirme perdón. ¡Cómo no perdonaría un hombre a sus hermanos, si por ellos da la vida, y comparte todo con ellos, hasta la misma Madre!
Yo te digo amigo mío que todo eso lo entiendes, lo conoces, lo comprendes, lo vives, lo sientes, lo quieres.
Sacerdotes míos: no todo el que me diga ‘Señor, Señor’, entrará al Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

Yo soy el Buen Pastor. Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco, y ellas me siguen.
Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano, porque el Padre me las ha dado, y nadie puede arrebatar nada de su mano.
El Padre es omnipotente, y yo y el Padre somos uno.
Yo vivo en la eternidad, que no es el tiempo del mundo de los hombres. El demonio vive en medio del mundo y sabe que le queda poco tiempo. Su impotencia ante mi omnipotencia lo condena, y su ira lo consume, provocándole su propia destrucción, mientras el hambre de la venganza lo corroe en deseos de devorar a lo que yo más amo.
Y lo que yo más amo son mi madre y mis hermanos. Ustedes son mi madre y mis hermanos, y todos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.
Yo a mi madre y a mis hermanos les he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nadie les podrá hacer daño.
Yo les he dado el poder para que los demonios se les sometan en mi nombre. Pero no se alegren por eso, sino porque sus nombres están escritos en el cielo.
Escuchen mi palabra y pónganla en práctica haciendo mis obras, para que el mundo crea, para que sepan que el Padre está en mí y yo en Él.
Prediquen mi palabra para que otros los escuchen, porque quien a ustedes los escucha a mí me escucha, y quien a ustedes los rechaza, a mí me rechaza, y quien a mí me rechaza, rechaza al que me ha enviado.
¡Pero algunos de ustedes no escuchan! Porque no saben, o porque no quieren, o porque no les conviene. Y no ponen en práctica mi palabra, porque no saben, o porque no quieren, o porque no les conviene. Y han hecho de mi Santa Iglesia una institución ordinaria, la han transgredido, le han quitado el sentido sagrado y sobrenatural, la han desacreditado, la han profanado, la han desvirtuado, la han difamado, la han prostituido, la han vuelto politeísta y altanera, y la han usurpado.
Mi Iglesia fue creada a imagen de la Sagrada Familia, como modelo, y es una, santa, católica y apostólica.
Es madre, que confía en la divina Providencia del Padre, y que cuida al Hijo en los hijos.
Es madre, pero le han quitado a los hijos y la han hecho estéril.
Es esposa, pero le han quitado al esposo y la han hecho viuda.
Es hija, pero le han quitado a la Madre y la han hecho huérfana.
Algunos de ustedes, mis sacerdotes, dicen hacer obras buenas porque así les conviene, y les parece que hacen bien todo. Pero yo juzgo las intenciones, y me doy cuenta quién procede con rectitud y justicia, y ese es el que es agradable al Padre, y es mi hermano y es mi madre.
La voluntad del Padre es que crean en mí. Yo soy la resurrección. El que crea en mí, aunque muera, vivirá. Ustedes son mi madre y mis hermanos, porque todo aquel que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo, es mi madre y mis hermanos.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que crea en el Hijo tenga vida eterna, y yo lo resucite el último día.
El que cree en mí me ama, y si me ama guarda mis mandamientos.
Y si alguno me ama guarda mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí.
El que de verdad me ama, cree en mí, confía en mí, deja todo, toma su cruz y me sigue, cumpliendo su promesa de pobreza, castidad y obediencia.
El que quiere ser perfecto vende todo lo que tiene y lo da a los pobres, para tener un tesoro en el cielo. Luego me sigue.
Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el Reino de Dios.
El que quiera ser mi familia, que sea como yo, manso y humilde de corazón; que me escuche y ame a Dios por sobre todas las cosas, y a los demás, como yo los he amado.
Ese es mi madre y mis hermanos, y ellos heredarán la tierra.
El que es de Dios escucha las palabras de Dios.
El que no las escucha es porque no es de Dios.
El que escuche mi palabra y cree en el que me ha enviado tiene vida eterna.
Yo soy la resurrección y la vida. El que crea en mí, aunque muera vivirá.
Pero el que no los escuche a ustedes, no creerá.
Porque los que no escuchan a mis profetas no creerán, ni aunque resucite un muerto.
El que renuncia al mundo vive la pobreza, y yo le doy la gracia para resistir la tentación, para que viva en castidad y obediencia.
Pero el que no abraza la pobreza no puede seguirme.
Es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos.
Los que no cumplen la voluntad de mi Padre, porque no son pobres de espíritu, sino ricos de las cosas del mundo, no creen en mí, no son dignos de mí, ni de poseer mi riqueza ni de ser mi familia.
Yo les pido a ustedes mis amigos, mis sacerdotes, que me escuchen y se enriquezcan de mí, para que se conviertan mientras humillan y empobrecen el espíritu, confiando en la providencia divina, para enriquecerse con los tesoros del cielo».

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Madre mía: a todos nos cuesta obedecer, porque supone humillar la voluntad. Pero tú nos has enseñado a someternos a la voluntad de Dios, para que haya eficacia en nuestra entrega. Tú dijiste que eras la esclava del Señor, y el Verbo se hizo carne.
Tus hijos sacerdotes debemos ser buenas ovejas, y parecernos en todo a Jesús, quien se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Pero también debemos ser buenos pastores, y tenemos la obligación de ayudar a que todos tus hijos cumplan la voluntad de Dios, obedezcan sus mandatos.
Ayúdanos a saber escuchar la Palabra de Dios, para ponerla en práctica con nuestra conducta, y para transmitirla con fidelidad, para que todos la pongan por obra, y así formemos parte de la familia de Dios.

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«Hijos míos, sacerdotes: las familias no serán restituidas sino con el ejemplo de la Iglesia, a imagen de la Sagrada Familia.
Pero mientras ustedes, los sacerdotes, no reconozcan la maternidad de la Iglesia y no se abandonen en la confianza a la providencia en filiación divina, y mientras no reconozcan su configuración con Cristo como hijos, seguirán dirigiendo a la Iglesia solos, en medio de su soberbia, de su ignorancia y de sus miserias, creyendo que hacen buenas obras, pero confundiendo la caridad con ser permisivos, cuando aconsejan más por lástima que por misericordia a las familias, pretendiendo ayudar a menguar el sufrimiento de sus errores y en lugar de salvarlos los conducen a la condenación.
Reciban la Palabra de Dios en sus corazones y aprendan a escuchar, para que la pongan en práctica, haciéndose obedientes, haciendo lo que mi Hijo les diga, porque no se trata de hacer lo que causa menos dolor o sufrimiento, sino la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad.
Entréguense totalmente a Dios, haciéndose obedientes en el altar por Cristo, con Él y en Él, porque una Palabra bien predicada llega a la profundidad de los corazones y los convierte, y un corazón contrito y humillado es agradable a Dios.
Alégrense, porque todo está en el plan de Dios, y ustedes, los que escuchan su palabra y cumplen su voluntad, son instrumentos fidelísimos de Dios para que su Palabra sea puesta por obra.
Ustedes están cuidados, protegidos y custodiados por los ángeles y los santos.
Yo les doy un consejo: cuiden siempre la obediencia y la rectitud de intención, y hagan lo que mi Hijo les diga, para que sean su madre y sus hermanos».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – ESCUCHAR Y OBEDECER A DIOS
«Aquí estoy Dios mío, he venido para hacer tu voluntad» (Heb 10, 7).
Eso le dice Jesús a su Padre, y eso espera Jesús que le digas tú, sacerdote.
Porque para eso has sido creado, para eso has sido llamado, para eso has sido elegido, para eso has dicho sí, has dejado todo y lo has seguido tomando tu cruz.
Y para eso has sido ordenado sacerdote y has sido ungido y configurado con Cristo, para ser como Él, para caminar su camino, y por Él, con Él y en Él, cumplir la voluntad del Padre.
El que escucha la palabra de Dios y la cumple, ese hace su voluntad, y ese es el hermano y la madre de Jesús, porque ese hace lo que Él le dice, y el que hace lo que Él dice, ése es su familia, porque lo une a Él, en un mismo cuerpo y un mismo espíritu, en una sola voluntad en la que cree, en la que espera, en la que obra, en la que ama.
Y esa es la voluntad de Dios: que crean en su Hijo, porque es el único Hijo de Dios. Que hagan lo que Él les dice, para que sean salvados, poniendo su fe en obras, para ser santificados y glorificados en Él.
Sacerdote, tú eres el Cristo, el que hace la voluntad de su Padre. Compórtate como Él.
Sacerdote, tú eres el elegido para llevar a todas las almas a Él. Santifícalas en la verdad, pero santifícate tú primero, para que ellos sean santificados con tu ejemplo y caminen tu camino por su propia voluntad, para hacer la voluntad del Padre, y sean así reunidos en un solo rebaño con un solo Pastor, una sola familia, la gran familia de Dios, una sola y santa Iglesia Católica, un pueblo unido en un solo pueblo santo de Dios, porque esa es su voluntad.
Sacerdote, todos los días son días de entrega, de aceptar, de agradecer y de obrar.
Pero si no escuchas lo que tienes que hacer, si no escuchas la palabra de Dios, ¿cómo vas a obedecer?
Si no ves sus obras hechas con tus propias manos, ¿cómo vas a agradecer?
Y si no agradeces, sacerdote, ¿cómo vas a santificarte y a darle gloria a Dios, santificando a los demás, si tú mismo no eres ejemplo de la verdad?
Sacerdote, tú eres el Cristo que camina en el mundo.
Tú eres las manos que bendicen y hacen sus obras.
Tú eres, sacerdote, las manos y los pies de Cristo, para llevar a sus hermanos su misericordia.
Sacerdote, tú eres responsable de las obras de los hombres, porque tú has sido elegidopreparadoenseñadobendecido y ungido para llevar la enseñanza y la palabra de Dios a todos los hombres, en todos los rincones del mundo, para que ellos lo conozcan, para que crean en Él, para que escuchen su palabra y hagan lo que Él les dice.
Entonces cumplirán la voluntad del Padre y serán los hermanos, y serán la madre de Cristo.
Entonces serán familia con la que se consuma la gran obra del Creador a través de tus manos, porque tú eres el alfarero del Señor.
Sacerdote, tu ministerio es voluntad de Dios. No niegues la voz en tu interior que nunca se calla.
¡Escúchala sacerdote! porque eso es un don, es un regalo que Él te ha dado y te ha dado oídos para que oigas su voz.
No niegues la palabra que está en tu boca y que te quema la garganta, porque es Palabra de Dios, y es la voz que escucharán aquellos a los que tú llamas para enseñarles a hacer su voluntad.
Sacerdote, tú eres la voz que clama en el desierto: ¡arrepiéntanse, porque está cerca el Reino de los Cielos! ¡Arrepiéntanse y crean en el Evangelio, porque es palabra de Dios! ¡Arrepiéntanse, porque he venido a traerles la buena nueva del Señor! Escuchen su voz y hagan lo que Él les dice.
Esa, sacerdote, es tu misión.
Predica con la palabra de tu boca y predica con el ejemplo de tus obras.
Levanta, sacerdote, la cruz de tu Señor, y exáltala, para que todos los que hayan sido mordidos y envenenados por la serpiente sean curados.
Sacerdote, tú tienes ese poder, esa es la misericordia que tienes en tus manos, derramada de la cruz.
Exalta la cruz de tu Señor diciendo como Él: “Aquí estoy, Dios mío, he venido para hacer tu voluntad”, y hazla con prontitud.
Sirve con amor, entrégate con la pasión de convertir almas para llevarle a Dios, porque esa es su voluntad: glorificar a Cristo en ti, sacerdote, para que tú glorifiques al Padre, y el mundo crea que Él lo ha enviado.

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