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ALCANZAR LA VIDA ETERNA – VIVIR LA MISA (Jn 6, 35-40)

«La voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Miércoles 17 de abril de 2024 – Año de la Oración

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 64
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Cree, sacerdote, en el poder de tus manos, que ofrecen pan y vino a Dios, fruto del trabajo de los hombres, y que por la bendita transustanciación se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de tu Señor, y luego come y bebe, para que permanezcas en Él, y Él en ti»

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL MIÉRCOLES DE LA SEMANA III DE PASCUA
La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna.
+ Del santo Evangelio según san Juan: 6, 35-40
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero como ya les he dicho: me han visto y no creen. Todo aquel que me da el Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: todos tenemos un deseo muy grande de conseguir la vida eterna. En tu discurso sobre el pan de vida nos prometes, de distintas maneras, que la podemos alcanzar “si vamos a ti”: no tendremos hambre, no tendremos sed, no nos echarás fuera, no nos perderemos, resucitaremos el último día…
En el sermón de las Bienaventuranzas aparecen también esas promesas: poseer el Reino de los cielos, heredar la tierra, ser consolados, alcanzar misericordia, ver a Dios…
Y la condición para ir a ti es creer en ti, en tu Palabra, tener fe.
Nosotros, tus sacerdotes, tenemos la misión de encauzar en la fe a las almas, de darles el alimento de vida eterna, tu Cuerpo y tu Sangre. Ese es nuestro servicio a la Iglesia, en unidad con el Romano Pontífice.
Jesús: yo sé que tu ayuda no nos faltará. ¿Cómo puedo cumplir bien con esa misión?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Amigos míos: yo los he venido a buscar porque me pertenecen. Yo los gané con mi sangre. Permanezcan en fidelidad.
Yo les he dado a ustedes el poder de reunir a las naciones con mi Palabra. Pero no se alegren por sus obras, sino porque sus nombres están escritos en el cielo.
Ustedes preparan mis caminos. Permanezcan fieles en la obediencia y en la disposición, en el amor y en la entrega.
Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Yo soy el pan de vida. El que venga a mí no tendrá hambre, y el que crea en mí no tendrá nunca sed. Pero me han visto y no creen.
Todo lo que me dé el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré fuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que Él me ha dado, sino que lo resucite el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna, y que yo le resucite el último día.
Permanezcan en la disposición de cumplir mi voluntad, que es que todos los hombres se salven.
Dichosos los que escuchan mi Palabra y la cumplen.
Dichosos los que son como niños, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Dichosos sean cuando los persigan y los injurien, y digan con mentiras toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense, porque su recompensa será grande en los cielos, pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes.
Todo lo que les he dicho es verdad. Yo soy la verdad.
Ustedes darán testimonio de la verdad.
Ustedes heredarán la tierra si son mansos y humildes de corazón.
Cumplan con su misión.
Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.
Cielos y tierra pasarán, pero mi Palabra no pasará.
Quiero de ustedes fidelidad a la roca que sostiene la Iglesia. Eso es servir bien a la Iglesia. Las puertas del Hades no prevalecerán sobre ella.
Acompañen a mi Madre.
Yo estoy a la puerta y llamo; y a ustedes les he dado la llave.
Yo les aseguro que el último día será un día de alegría para los que son fieles, para los que aman a Dios y tienen fe, para los que, unidos a los santos, reúnen al pueblo de Dios en un solo pueblo y con un solo Pastor».

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Madre mía: ese deseo de vida eterna que todos tenemos se puede encontrar con el peligro de buscar en esta vida una felicidad falsa, engañosa, fruto de la mentira. Es el diablo el que no quiere que nos vayamos al cielo y nos tienta.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: ayúdame a vencer esas tentaciones, a cumplir siempre la voluntad de Dios, para poder también mirarte a ti en la vida eterna. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijo mío, sacerdote: permanece abandonado en las manos de Dios, que es a quien perteneces. No perteneces al mundo. El diablo es el príncipe de este mundo, y se le ha permitido tener dominio y poder sobre el mundo, pero sobre mi Hijo no tiene ningún poder. Cuidado, porque puede disfrazarse de hermosura, y ofrecerte cosas maravillosas, pero nunca olvides que es el rey de la mentira y de la oscuridad, y vive en el mundo, pero conduce a la muerte.
Hay muchos que viven encadenados al mundo, sometidos al pecado, y viven como enemigos de la cruz de Cristo. Pero tú has entregado tu vida y tu voluntad a Cristo, y Él, que tiene poder de someter todas las cosas, te pide que seas fuerte y valiente, que no tengas miedo y no te asustes ante ellos, porque Dios está contigo, no te dejará ni te abandonará. Él te llevará de su mano y te transformará, para que participes de su gloria.
Porque la voluntad del Padre, que ha enviado a mi Hijo, es que no se pierda nada de lo que Él le ha dado, sino que lo resucite el último día. Pero debes saber que al que mucho se le da, mucho se le pedirá. Y a ti se te han dado muchos bienes; no de este mundo, que son bienes falsos, sino bienes para la vida eterna. Es, por tanto, mucha tu responsabilidad. Toma conciencia y acéptala, porque de todo se te pedirán cuentas.
Permanece con los brazos extendidos en la cruz de Cristo, alabándolo, adorándolo, abrazándolo conmigo, porque así nada de lo que el mundo te ofrezca podrás recibir. En cambio, recibirás las gracias y la misericordia que brota de la cruz. La magnitud de tus obras es tan grande como la gracia que se te ha dado, porque cuando Dios te pide algo, antes te ha dado la gracia para poder darlo.
Yo te pido que hagas lo tuyo. Yo te pido que tomes conciencia de lo que te corresponde, de lo que se te da y de lo que se te pide, que son tus deberes, para que nada quede en desobediencia, en omisión o en falta.
Lo tuyo es ser el mismo Cristo y actuar en su persona, recibir su amor y mis tesoros, permanecer junto a mí, acompañándome y meditando conmigo todo lo que guardo en mi corazón.
Lo tuyo es contemplar el misterio de Cristo y mi maternidad.
Lo tuyo es orar, interceder, y dar tu vida, configurándola con Cristo, Buen Pastor, para santificar a su pueblo.
Lo tuyo es amar y enseñar a conocer y a amar a Cristo.
Lo tuyo es reunir a los hijos con la Madre, para que me acepten, para que me conozcan, para que me amen, para que confíen en mí y me lleven a vivir a su casa, para que permanezcan en oración conmigo, y yo los lleve a un verdadero encuentro cotidiano con Cristo.
Lo tuyo es dar testimonio de fe, y poner tu fe por obra, a través de tu ministerio.
Confía en mí, y en que yo te guío y te corrijo para mantenerte en el camino, porque te amo».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – VIVIR LA MISA
«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día» (Jn 6, 54).
Eso dice Jesús.
Y esa es tu esperanza, sacerdote.
Y tú eres la esperanza para el mundo, porque eres tú quien hace bajar el pan vivo del cielo y les das de comer verdadera comida, y les das de beber verdadera bebida, para que el que coma el Cuerpo y la Sangre de Cristo, tenga vida.
Y tú sacerdote, ¿tienes vida en ti? ¿O caminas por el mundo como muerto en vida?
¿Te alimentas, sacerdote, con el verdadero alimento de vida, y bebes la verdadera bebida de salvación? ¿O comes y bebes tu propia condena?
Examina tu conciencia, sacerdote. Sé honesto contigo mismo y descubre si verdaderamente crees en la presencia viva de tu Señor en la Eucaristía.
Examina tu conciencia, y descubre: ¿partes el pan con fe?
Examina tu conciencia, sacerdote y descubre en tu corazón si está lleno o te falta amor.
¿Cómo es tu conciencia, sacerdote?
¿Es tranquila y sientes paz al examinar lo que haces con tu vida? ¿O te perturba, porque la vergüenza del pecado te domina?
Arrepiéntete sacerdote, y cree. Pídele a tu Señor que aumente tu fe.
Aléjate de la vida de mentira que te conduce a la muerte, y acércate al trono de la gracia, que te da la vida aun después de la muerte.
Reconcíliate, sacerdote, con tu Señor, a través del sacramento de la confesión, y luego confiesa tu fe en el ambón, en la sede, y en el altar, pronunciando el nombre de Jesús, para que toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en los abismos, y en todo lugar.
Cree, sacerdote, en el poder de tus manos, que ofrecen pan y vino a Dios, fruto del trabajo de los hombres, y que, por la bendita transubstanciación, se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de tu Señor; y luego come y bebe, para que permanezcas en Él, y Él en ti, para que vivas por Él y digas “Ya no soy yo, sino es Cristo quien vive en mi”.
Vive la Misa, sacerdote, porque es real lo que ocurre allí. Participa activamente, y entrégate completamente en el sacrificio único, pero incruento, de tu Señor, en el que conmemoras su vida, su pasión, su muerte y su resurrección, por la que se queda en presencia viva, en Cuerpo, en Sangre, en divinidad, y es Eucaristía.
Cree, sacerdote, que tú y tu Señor son uno, como el Padre y Él son uno.
Entrega tu vida con Él en una sola ofrenda, y muere con Él en un mismo y único sacrificio.
Resucita configurado con Él, en un solo cuerpo y un mismo espíritu, y entrégate con Él para alimentar y dar de beber a su pueblo, para que tengan vida, y Él los resucite el último día.
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COLECCIÓN PASTORES

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