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LA MISERICORDIA DEL PADRE – PERMANECER EN LA HUMILDAD (Lc 10, 17-24)

«¡Yo te alabo, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios, y las has revelado a la gente sencilla!»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Sábado 3 de octubre de 2026

AUDIO   AUDIO DE LA REFLEXIÓN

ESPADA DE DOS FILOS V, n. 27
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tu Señor te pide que te hagas como niño, porque de los niños es el Reino de los Cielos. Y te pide que te mantengas pequeño, perseverando en la virtud de la humildad, teniendo sus mismos sentimientos. Pero también te advierte del peligro del poder, de la fama, del orgullo, que lleva a la infidelidad».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL SÁBADO DE LA SEMANA XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO
Alégrense de que sus nombres estén escritos en el cielo.
+ Del santo Evangelio según san Lucas: 10, 17-24
En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.
Él les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”.
En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: ¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.
Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje?»” (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: nuestra pequeñez nos impide conocer los misterios de la vida de Dios, de modo que necesitamos de la Revelación. Leemos en la Carta a los Hebreos que de muchos modos habló Dios en el pasado, a través de los Profetas; y en los últimos días a través de ti.
Hoy nos dices que el Padre escondió estas cosas a los sabios y entendidos, y las ha revelado a la gente sencilla. Y que nadie conoce al Padre sino aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Yo te pido, Jesús, que me des en abundancia tu verdad, reconociendo mi pequeñez, para que pueda conocer al Padre y contar con los tesoros de tu sabiduría.
Quiero llenar mi corazón con la riqueza de la misericordia del Padre.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Pastores míos: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, y el que busca encuentra, y al que llama se le abre.
Porque ¿quién de ustedes al hijo que le pide un pan le da una piedra? ¿O en lugar de un pez le da una serpiente?
Es mi Padre quien permite sus miserias.
Es por sus miserias su sufrimiento.
Es en el sufrimiento que se humilla el corazón.
Es un corazón contrito y humillado el que consigue la misericordia del Padre.
Es el Padre quien por su misericordia envía las gracias para transformar sus miserias.
Es al Padre a quien hay que pedir.
Es el Padre quien me ha enviado a sufrir por las miserias de los hombres, porque los hombres no saben ver, y no saben oír, y no saben pedir, y no saben buscar, y no saben llamar.
Es el Padre quien me ha enviado para entregarme como ofrenda en un único sacrificio, para conseguir para ustedes su misericordia.
Es el Espíritu Santo dador de todas las gracias.
Es mi Madre la dispensadora de todas las gracias.
Son ustedes administradores de las gracias que entrega mi Madre, y de la misericordia que derrama el Padre.
Es mi pasión y muerte el único y santo sacrificio para la redención y salvación de las almas.
Son ustedes ofrenda unida a este único sacrificio.
Que su ofrenda sea digna de entregarse conmigo.
Que su ofrenda sea agradable al Padre.
Que su ofrenda sean fruto de sus obras de amor y misericordia.
Pastores míos, que cuidan mi rebaño: no sacrifiquen a mis ovejas, porque la sangre de las ovejas atrae a los lobos.
Alimenten a mis ovejas, curen a mis ovejas, reúnan a mis ovejas, busquen a las perdidas, sanen a las enfermas, protejan a mi rebaño, condúzcanlo por la luz, y déjense acompañar por las madres de mi rebaño, que por su entrega son ofrenda unidas con ustedes y conmigo en un mismo sacrificio, por el que el Padre los atrae hacia mí, por el que ustedes se unen conmigo en un mismo cuerpo y un mismo espíritu, por el que yo los hago hijos de mi Madre, y mi Madre los acoge como hijos conmigo, y por mí van al Padre.
Porque nadie va al Hijo si no lo atrae el Padre, y nadie va al Padre si no es por el Hijo, y nadie conoce al Padre si no es el Hijo, y nadie conoce al Hijo sino el Padre.
A ustedes, sacerdotes míos, se los ha querido revelar. Sean ustedes perfectos como mi Padre del Cielo es perfecto, y sean misericordiosos como mi Padre del Cielo es misericordioso, para que sean sacerdotes santos, pastores dignos del pueblo santo de Dios.
Sacerdote mío: son tus miserias que yo he venido a sufrir.
Son tus miserias las que me han crucificado.
Es por tus miserias que me he entregado en un solo y santo sacrificio, para hacerte ofrenda conmigo en este mismo sacrificio.
Dichosos los ojos que ven y dichosos los oídos que oyen.
Que sean tus ojos, ojos para los que no ven, y tus oídos, oídos para los que no oyen.
Que sea esta, amigo mío, tu ofrenda. Pide misericordia para que tu ofrenda sea agradable al Padre.
Pide misericordia, desde la humildad de tu corazón, porque un corazón contrito y humillado yo no lo desprecio.
Pide la gracia de reconocerte ante Dios como hombre pecador, frágil, de barro.
Pide la misericordia de Dios para que fortalezca tu fragilidad y transforme tus miserias.
Pide al Padre que permita que tu corazón sea transformado, y herido, y humillado, y encendido en amor, para que veas, para que escuches, para que compartas la misericordia de Dios por medio de obras de misericordia.
Yo quiero hacer llegar la misericordia a todos ustedes, mis sacerdotes, para que la misericordia llegue a todo el pueblo santo de Dios».

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Madre mía: tú eres la hija predilecta del Padre y, como buena madre, sabes bien lo que necesitamos tus hijos. Intercede por nosotros, tus hijos sacerdotes, para que el Padre transforme nuestras almas purificándonos de nuestras miserias.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: es la misericordia del Padre una obra de amor.
Es por las miserias de los hombres que derrama su misericordia.
Son las miserias transformadas por las gracias de Dios en obras, en frutos, en ofrenda.
Es mi Hijo el que ha venido a sufrir por las miserias de los hombres.
Es el Padre que permite las miserias en los hombres, y es el Padre quien envía las gracias para transformar a los hombres, y transformar sus miserias en abundancia, para que puedan llegar a Él.
Es el hombre quien decide recibir las gracias, pero las tiene que pedir.
Soy yo la madre de todas las gracias, pero los hombres no saben pedir.
Son sus miserias lo que los hace caer.
Es el dolor de la caída lo que les hace aprender que las caídas duelen por el daño que causan.
Yo pido para ustedes las gracias que no saben pedir, para consolarlos, para ayudarlos, para fortalecerlos, para que la misericordia de Dios sea con ustedes, y sus miserias sean menos.

¡Muéstrate Madre, María!
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PERMANECER EN LA HUMILDAD
«Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Eso dice Jesús.
Te lo dice a ti, sacerdote, y te recuerda que el Padre ha puesto todas las cosas en sus manos. También a ti. Y también te recuerda que sus manos son tus manos, y en ellas Él ha puesto su confianza y su sabiduría, que es Eucaristía.
Y tú, sacerdote, ¿conoces al Padre? ¿Conoces al Hijo?
¿Escuchas la Palabra de tu Señor a través de la que Él mismo revela al Padre, y el Padre revela al Hijo?
¿Pides a tu Señor el don de la sabiduría, el entendimiento, la ciencia, la piedad, la fortaleza, el consejo y el santo temor de Dios, las virtudes de la fe, la esperanza y el amor, y la humildad, necesarios para conocer a tu Señor?
La verdad revelada a través de la Palabra está en las Escrituras. Todo ha sido escrito ya, y se cumplirá hasta la última letra. Por tanto, no busques doctrinas nuevas, ni palabras modernas; no busques falsas seguridades y teorías en la falsa sabiduría del mundo; no confíes en los falsos profetas ni en sus palabrerías; no te confundas ni te angusties con falsas profecías.
Tú tienes la verdad, sacerdote. La verdad te ha sido revelada y vive en ti. La verdad te ha sido dada para que sea profesada al mundo a través de ti. Búscala en la humildad de tu corazón, en el silencio de tu oración, y agradece a tu Señor que ha mirado tu humillación, como ha mirado la humillación de su esclava, a quien le fue dada la sabiduría encarnada, y a quien llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha entregado la verdad al mundo, revelada a través de la misericordia, de generación en generación, a los que temen a su Señor.
Proclama tú también la grandeza de tu Señor, sacerdote, que ha derribado a los poderosos del trono y exaltado a los humildes, que ha reconocido tu pequeñez y te ha fortalecido con su poder, para que lleves su auxilio a su pueblo a través de su Palabra y de su misericordia, con la que Dios renueva su alianza a través de la adopción filial de todos los pueblos, para que todos sean uno en el Hijo, como el Hijo y el Padre son uno.
Tu Señor te pide que te hagas como niño, porque de los niños es el Reino de los Cielos. Y te pide que te mantengas pequeño, perseverando en la virtud de la humildad, teniendo sus mismos sentimientos. Pero también te advierte del peligro del poder, de la fama, de las riquezas, del orgullo, que lleva a la infidelidad, y te aleja de su amistad, cuando pretendes ser sabio por creer que tienes la verdad, buscando una larga vida de riquezas, y no la sabiduría del corazón que te consigue la vida eterna.
Escucha la Palabra de tu Señor, sacerdote, y ponla en práctica, porque es así, viviendo en la verdad, como permaneces en la humildad, reconociendo tus miserias, pidiendo al Padre su misericordia, por la que tu humanidad se configura con su divinidad, para revelar la verdad a través de ti a todos los hombres de buena voluntad, para que conozcan al Hijo, y el Hijo les revele al Padre.
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