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LA VICTORIA SOBRE EL MUNDO – HACER LA GUERRA (Mt 10, 34-11, 1)

«No he venido atraer la paz, sino la guerra»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Lunes 15 de julio de 2024 – Año de la Oración

ESPADA DE DOS FILOS IV, n. 22
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tu Señor te ha enviado como un guerrero de su ejército. La guerra es contra tus enemigos y contra sus traiciones, contra tus tentaciones y las malas pasiones, que te atormentan, te confunden, y te quitan la paz. Él está contigo en medio de la guerra, para que tengas paz en Él, porque Él ha vencido al mundo».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL LUNES DE LA SEMANA XV DEL TIEMPO ORDINARIO
No he venido a traer la paz, sino la guerra.
+ Del santo Evangelio según san Mateo: 10, 34-11, 1
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra. He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.
El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.
El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.
Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.
El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.
Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.
Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: las instrucciones que das a tus discípulos les advierten que tendrán dificultades en la difusión del Evangelio, sobre todo por parte de aquellos que son del mundo, porque son enemigos de tu cruz.
A nosotros nos pides tomar la cruz de cada día, perder la vida por ti y por el Evangelio, porque esto es una guerra, sobre todo contra el demonio.
Pero llevamos las de ganar, porque tú has vencido al mundo.
Yo sé que una de las armas principales en esta guerra es la oración. Enséñame, Jesús, a saber perseverar en esa lucha, sin miedo al sacrificio y con mucho amor.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío: yo he venido al mundo no a traer la paz sino la guerra, para que crean en mí. Porque el mundo estaba dominado por el enemigo, pero yo he vencido al mundo y he descendido a los infiernos a anunciar mi victoria.
Los demonios están desatados y furiosos porque saben que les queda poco tiempo. Intentarán robar mis tesoros más preciosos y destruir lo más sagrado: mis sacerdotes.
Pero yo les he dado el escudo para su protección y el poder para la salvación: los sacramentos.
Yo he ganado la vida eterna para todos los hombres a través de mi cruz y mi resurrección.
Y se enfrentarán uno contra otro en la propia familia, porque yo he venido a levantar de los tronos a los poderosos y de las sillas a los resignados, y a importunar a los acomodados, para exaltar a los humildes, a los que aman a Dios por sobre todas las cosas, y toman su cruz y me siguen.
Amigos míos: los enemigos no se quedarán tranquilos. Permanezcan al pie de mi cruz junto a mí Madre, y unan su sacrificio al mío, que es el único sacrificio agradable al Padre.
Oren conmigo y trabajen para mí. Yo oro y pido a mi Padre por ustedes, no para que los retire del mundo, porque no son de este mundo, sino para que los proteja del maligno y para que los santifique en la verdad.
Pero los sacrificios de algunos de ustedes, mis sacerdotes, no satisfacen al Padre, porque viven en pecado.
Los sacrificios ofrecidos con manos impuras manchan mi cuerpo puro y bendito, cuando, a pesar de ellos, se realiza la transubstanciación, porque el poder se les ha dado y no les será quitado.
Oren conmigo por ellos, para que sean humildes y obedientes, para que cumplan mis mandamientos, para que tomen su cruz y me sigan.
Oren conmigo para que resistan a las tentaciones y preserven lo más sagrado, y que, unido a mi cruz, es agradable al Padre: su castidad y su pureza.
Oren conmigo para que reconozcan que mi gracia les basta, porque mi fuerza se realiza en su flaqueza.
Oren conmigo para que se conviertan y purifiquen sus manos.
Oren conmigo por su perseverancia y constancia.
Oren por su fe y por su esperanza. Pero, sobre todo, oren para que tengan mucho amor, y para que se den cuenta que yo soy, y no ellos, quien ha vencido al mundo.
Sacerdotes de mi pueblo: ¿por qué caminan sin rumbo, como ovejas sin Pastor? Yo soy el Buen Pastor. Yo apaciento a mi rebaño, tomo en brazos a los corderos y hago recostar a las madres.
Escuchen el llamado de mi Madre y regresen. Es por ella que llegó la luz al mundo. Sean ustedes portadores de la luz, predicando mi Palabra, llegando hasta el más necesitado, el pobre, el olvidado, el enfermo, el oprimido.
Ese, que no me conoce, es el más pobre, el más necesitado, el olvidado, el enfermo, el oprimido. Pero sean ejemplo, porque así es como se convence y se conquista: con el ejemplo.
Son ustedes portadores del poder de Dios. Usen ese poder con justicia y con misericordia.
Promuevan la unidad por medio de mi alianza.
Expongan mi Cuerpo y mi Sangre en cada Eucaristía, en la que mi sacrificio se hace presente.
Únanse conmigo en este sacrificio único, entregándose por su propia voluntad en la voluntad del Padre, renovando continuamente esta alianza.
Sacerdotes míos, discípulos buenos y fieles, los que han dejado todo, han tomado su cruz y me han seguido, los que practican la virtud y caminan en santidad, los que se entregan en sacrificio conmigo, los que por su fe serán salvados, los que entregan la voluntad al Padre y cumplen sus mandamientos, pastores guías de sus rebaños, que no pierden el camino y caminan en la seguridad de mi presencia y en compañía de mi Madre, amigos míos, en los que yo confío: no vengan solos.
Ustedes están conmigo y yo los amo, y todo lo mío es suyo. Pero más se alegra el cielo por un alma convertida que por noventa y nueve justos. Alégrense conmigo, porque el que estaba muerto ha vuelto a la vida, y el que estaba perdido ha sido encontrado.
A ustedes les pediré más, porque al que más se le da más se le demandará.
Permanezcan en mi amor y alégrense conmigo, porque sus nombres están escritos en el cielo.
Sean misericordiosos y promuevan la conversión entre sus hermanos. Sean compasivos en su arrepentimiento y llévenles mi perdón, porque yo quiero sacerdotes arrepentidos y convertidos, decididos a dejarlo todo por mí. Quiero sacerdotes fieles, quiero sacerdotes santos, que traigan a todas las almas a mí».

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Madre mía: tú supiste mucho de dificultades durante tu vida en la tierra. Ser la madre del Salvador suponía enfrentarse con muchas adversidades. Pero tu fe te llevó a superarlas todas, a tener la seguridad absoluta de que todo estaba en el plan de Dios. Y por eso era bueno.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: ayúdame a fortalecer mi fe, para saber llevar mi cruz con la paciencia de los santos. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: a muchos de ustedes les falta fe.
Ustedes tienen el mismo poder de Cristo para hacer milagros y arrojar demonios, pero les falta fe.

Ustedes tienen mi protección, y la de los ángeles y los santos, pero les falta fe.
Yo intercedo por ustedes, para que aumente su fe. Para que, ante la tentación y el pecado, resistan con el poder que les ha sido dado, y conserven la humildad para reconocer su pequeñez, y descubrir en ustedes la fortaleza de Cristo.
Hijos míos: permanezcan conmigo. Yo les daré este tesoro: mi longanimidad.
Longanimidad para trabajar con rectitud de intención y con constancia.
Longanimidad para trabajar con fe y esperanza, confiando en Dios y en que sus obras se harán.
Longanimidad para tomar su cruz y seguir a Jesús, para caminar sin detenerse y perseverar hasta el final, aun cuando sientan que las fuerzas no alcanzan y su pequeñez los abrume, aun cuando no entiendan y los planes de Dios les parezcan locura divina, aun cuando el camino sea largo, incomprensible e incierto, y de ustedes se requiera la paciencia de los santos.
Longanimidad para que su alegría, su motivación y su meta sea servir al Señor, y alcanzar la vida eterna para todos los hijos de Dios.
Yo llevo en mis brazos al Cordero de Dios, que es entregado puro y sin mancha para el sacrificio de Dios, para la alianza entre los hombres y Dios, para hacerlos a ustedes hijos del Padre en el Hijo, en unidad con el Espíritu Santo.
Esta es la Iglesia, el pueblo santo de Dios, redimido por la sangre del Cordero que da vida, que santifica.
Esta es la Eucaristía, Carne y Sangre del Cordero sin mancha y sin pecado, inmolado, crucificado, muerto y resucitado, para quedarse como alimento salvífico para el pueblo de Dios.
Reciban, hijos míos, la Carne y la Sangre de mi Hijo en cada Eucaristía, en que Dios mismo convierte el pan en su Carne y el vino en su Sangre, para entregarse a ustedes, por medio de sus propias manos. Así pues, sin sacerdote no hay Eucaristía. Esta es la Santa Iglesia.
Yo ruego por ustedes, mis hijos sacerdotes, y les doy mi protección, para que el Padre les conceda la gracia de reunirse conmigo en torno a Cristo, y disponerse a recibir los dones, frutos y carismas del Espíritu Santo, para llevar la luz a todo el mundo».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – HACER LA GUERRA
«No piensen que he venido a traer la paz a la tierra, no he venido a traer la paz sino la guerra».
Eso dice Jesús.
Te lo dice a ti, sacerdote, y luego te envía a llevar su paz a todos los rincones de la tierra.
Tu Señor no es incongruente, aunque lo aparente.
Tu Señor es la verdad, y abre tus ojos a la realidad –porque los ojos del hombre están cegados a la fantasía de la herida ocasionada por la maldad del pecado–, para que veas con claridad el camino, que, aunque parezca que no tiene sentido, te conduce a la plenitud de la vida, y a la eternidad.
Tu Señor te da su paz para que tú, sacerdote, la lleves a los demás. Pero no te la da como la da el mundo.
Tu Señor te envía a continuar su misión, a hacer las mismas obras que hizo Él y aun mayores. Escucha su Palabra y atesórala en tu corazón. Que sea para ti cada Palabra una lección, para que lo imites, para que hagas lo que Él te dice, para que lo conozcas tal cual es, y lo ames por sobre todas las cosas, para que creas en Él, para que des tu vida por Él, y no la pierdas, sino que la salves.
Tu Señor no ha venido al mundo a traer la paz, sino la misericordia, perdonando los pecados y corrigiendo al que se equivoca, soportando con paciencia los errores de los demás, derribando del trono a los poderosos y exaltando a los humildes, revelando su verdad, no a los sabios y letrados, sino a los pequeños y sencillos, desacomodando a los cómodos y a los resignados, hiriéndolos con espada de dos filos.
Tu Señor ha venido a mostrarte el camino, y el camino es de cruz, y te pide que tomes tu cruz y lo sigas, exaltando su Nombre –para que toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en los abismos y en todo lugar–, el Nombre del Rey, el Hijo de Dios, el Sumo y Eterno Sacerdote, que es Víctima y es Altar, el Cordero de Dios, y el Buen Pastor, el Hijo de David, el Hijo del hombre, el Maestro, el Hijo del carpintero, el Salvador, el Redentor, el Señor, el Mesías, el Libertador, el Hijo de María, el Nazareno, el Rey de los judíos, el Rey de los ejércitos, el Rey del universo, el Cristo. Su nombre es Jesús.
Tu Señor ha puesto enemistad entre la mujer y la serpiente, y le ha dado a ella el poder de vencer, pisándole la cabeza. Y la bestia, despechada contra la mujer, hace la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios, y mantienen el testimonio de Jesús.
Por tanto, sacerdote, la guerra de tu Señor es contra tus enemigos y contra sus traiciones, contra tus tentaciones y las malas pasiones, que te atormentan, que te turban, que te inquietan, que te confunden, y que te quitan la paz.
Tu Señor ha venido al mundo a dar su vida por ti, para rescatarte, para salvarte, para conquistarte, para ganarte la vida destruyendo la muerte, crucificando el pecado, sanando la herida que el pecado dejó en ti, haciéndote digno de seguirlo, cargando tu cruz de cada día, con la que Él te envía, para que quien a ti te reciba a Él lo reciba, y que quien a Él lo reciba, reciba a aquel que lo ha enviado.
Tu Señor te ha enviado como un guerrero de su ejército. No tengas miedo de ser llamado profeta, y de luchar por ser justo.
Tu Señor está contigo en medio de la guerra, para que tengas paz en Él, porque Él ha vencido al mundo.

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