FIESTA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Domingo 4 de octubre de 2026
AUDIO AUDIO DE LA REFLEXIÓN
ESPADA DE DOS FILOS VII, n. 31
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís
«Acude, sacerdote a la oración y al encuentro de tu Señor en medio de tus trabajos y de las fatigas de todos los días, y entrégale tu corazón cansado, contrito y humillado, para que sea renovado en el amor, y configurado en la humildad y en la mansedumbre de su Corazón Sagrado»
«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).
EVANGELIO DE LA FIESTA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
Has escondido estas cosas a los sabios y las has revelado a la gente sencilla
+ Del santo Evangelio según san Mateo: 11, 25-30
En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Palabra del Señor.
“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).
REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: san Francisco de Asís es un santo muy querido y venerado en todo el mundo. Es un gran ejemplo y modelo, entre otras cosas, de pobreza y de humildad. Su obra permanece dando fruto después de algunos siglos.
Una vida entregada y desprendida, con un gran afán de servir a la Iglesia y a las almas, siempre es muy atractiva.
Hoy nos encomendamos a su intercesión, y le pedimos especialmente que nos enseñe a imitarte a ti en tu humildad.
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.
«Sacerdotes, apóstoles míos: ustedes, que han sido perseguidos, humillados, ofendidos, calumniados, atacados, prisioneros, incomprendidos, heridos, injuriados, desterrados, alejados del mundo, ignorados o maltratados por causa de mi amistad, regresen al amor primero.
Ante mi trono póstrense en el suelo en un acto de humildad, suplicando que sea fortalecida su humildad, demostrando su fragilidad, su pequeñez, su necesidad ante la omnipotencia de Dios.
Pidan los dones y las gracias del Espíritu Santo, y recibirán mi fortaleza y mi poder para salir a conquistar el mundo para el Reino de Dios, que es a donde yo los he enviado, porque al mundo se le conquista con humildad.
Es la humildad alimento para el orgullo de sus adversarios, que engordan hasta ser consumidos por su propio orgullo en su egoísmo, y así ser destruidos. Porque sus adversarios, son también mis adversarios, y sus enemigos son también mis enemigos.
Permanezcan en mi amistad, permaneciendo en la virtud, viviendo en la humildad, practicando la humildad, obrando con humildad, sirviendo al prójimo.
Todo lo que pidan en mi nombre, les será concedido. Pidan humildad, porque es en la humildad que se desprecian para ser ensalzados; que renuncian a ustedes mismos, para que sea yo quien viva en ustedes; que se reconocen creaturas de Dios Padre, para ser hijos conmigo, y dar gloria eterna a Dios.
Y dispónganse a recibir un corazón suave, de carne, que sea humilde, para que sea humillado. Porque un corazón contrito y humillado yo no lo desprecio.
Corazón humilde, corazón de niño, corazón santo. Sean ustedes como niños, sean ustedes sacerdotes santos.
Permanezcan en unidad, en la humildad del servicio, practicando en la virtud su ministerio, para que sean ustedes Cristos, alianza entre Dios y los hombres, para la unión indisoluble de los matrimonios, de las familias, de las comunidades, de la gran familia de Dios».
Madre mía: tú eres Reina de la humildad, te reconociste esclava del Señor y, al mismo tiempo, dijiste a Isabel que tu espíritu se llenaba de gozo porque Dios puso sus ojos en la humildad de su esclava.
La humildad es la verdad, y en ese ambiente nació y creció tu Hijo Jesucristo, quien es especialmente nuestro modelo.
San Francisco y todos los santos nos enseñan a vivir esa virtud, pero todos han querido imitar a Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: enséñame a seguir los pasos de tu Hijo, aprendiendo de Él. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.
«Hijos míos, sacerdotes: es la humildad el principio de la unidad.
Demos gloria a Dios Padre porque ha mirado la humillación de su esclava, y ha enviado a su único Hijo al mundo para ser ejemplo, camino, verdad y vida desde su nacimiento.
Porque fue engendrado en el vientre y en el corazón de una humilde esclava del Señor, que lo recibió en el seno de una familia humilde, que creció bajo la custodia de la humildad de un padre que lo recibió como hijo, por obediencia.
Y siendo Dios, vivió como hombre entre las miserias de los hombres, dando ejemplo de virtud y de humildad, aunque en Él no había miseria alguna.
Y trabajó en una familia dando ejemplo, glorificando a Dios, sirviendo a los demás por medio de su trabajo, consiguiendo por providencia divina el sustento diario de manos de los hombres, a cambio de su trabajo.
Es en el servicio, hijos míos, en donde se demuestra la humildad, en donde reconocen los dones que Dios les ha dado para darle gloria por medio de su entrega en servicio a los demás.
Y fue ejemplo mi Hijo de unidad, viviendo en medio de una familia, unidos en comunidad.
Y fue ejemplo de desprendimiento y de renuncia a su voluntad y a sí mismo, al reconocerse Hijo de Dios entre las miserias de los hombres, entregando su vida para conseguir la misericordia del Padre, para el perdón de los pecados de los hombres y la salvación del mundo, para la gloria de Dios.
Y fue ejemplo de humildad en esa entrega en la que vio a los ángeles caídos del Cielo por su soberbia, y al hombre manchado de pecado, por su orgullo y su egoísmo, siendo conquistado por la mentira en medio de la falsa belleza del mundo.
Y se entregó por causa de los hombres, que fueron creados para la gloria de Dios, quien hizo al hombre poco inferior a los ángeles, pero envió a los ángeles al servicio de los hombres, para que los hombres con los ángeles, y los Cielos y la tierra, y todo lo creado, glorifiquen a Dios.
Y padeció humillado, y murió humillado, para resucitar glorificado, por la gracia de Dios.
Es en la humildad que se glorifica al Señor. Unan su oración a la mía, en una sola súplica, ofreciendo su vida para pedir al Padre la misericordia para ustedes, mis hijos sacerdotes, y la gracia de corazones contritos y humillados, para que permanezcan en la virtud de la humildad, alimentada por la fe, la esperanza y la caridad, para que se reconozcan pequeños, pecadores, frágiles, necesitados de la omnipotencia de Dios.
Hijo mío: la humildad es la virtud que te lleva al encuentro de la verdad. Jesús te ama más mientras más pequeño. La humildad, la sencillez, la generosidad, el amor con el que te desprendes de todo para entregarte a su misericordia; la confianza con que te abandonas en las manos del Padre en su divina providencia, y la docilidad que mantienes para dejar actuar al Espíritu Santo en tu corazón, dejando la puerta abierta para que actúe libremente en tu alma bien dispuesta. Él ama todo de ti. Él es en ti. La misma cruz comparten. Configurado estás con Él, viviendo todo por amor y con amor. Lo has dejado todo por Él, y eso te hace parecerte más a Él, y no hay nada que ame más el Padre que a su propio Hijo Jesucristo. Por tanto, hijo mío, ¡alégrate conmigo!
Hay un hombre santo aquí, junto a mí, que su vida entregó para alabar y glorificar al Señor, dejándolo todo, soportándolo todo, incluso el rechazo de su propia familia, dando ejemplo de que la caridad debe ser primero que la eficacia, y que la bondad a toda soberbia sobrepasa. Su misión fue llevar la paz de casa en casa con alegría, con sencillez, cantando, amando, demostrando la grandeza de que ser un siervo inútil los hace ser instrumento perfecto. Aprende de él, encomiéndate a él.
La vida de san Francisco de Asís sea luz para ti y para todos aquellos que guías. Que interceda por la humidad y sencillez de cada uno, para que sepan hacerse pequeños como niños y disfrutar, amar y valorar la grandeza y la belleza de la creación de Dios en cada persona, en cada creatura, en cada ser vivo, en cada lugar de esta tierra y sepan ver la gloria de Dios en la naturaleza.
Proteger la vida no es solo cuidar a los no nacidos, sino proteger la creación de Dios, a todo ser vivo. Aprecia la belleza del mundo, hijo mío».
¡Muéstrate Madre, María!
PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – DEJARSE AYUDAR
«Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso».
Eso dice Jesús.
Él es tu Maestro, sacerdote, y quiere enseñarte a aligerar tu carga, porque te comprende.
Tu Señor te ha enviado no a llevar tu carga, sino tu cruz, y que camines no atado a las cadenas del mundo, sino bajo la suavidad de su yugo; no bajo la opresión de los hombres, sino en la libertad de tu voluntad, unida a la voluntad del Padre, para que lo sigas, para que lo alcances, y te haga descansar de tus fatigas, porque su yugo es suave y su carga ligera.
Por tanto, sacerdote, necesitas humildad, para dejarte guiar, para dejarte ayudar. Y la mansedumbre del cordero, que se deja conducir con docilidad por su Pastor hacia fuentes tranquilas, para reparar sus fuerzas.
Tu Señor es tu Pastor, sacerdote. Confía en Él, porque Él da la vida por sus ovejas. Aprende de Él, porque Él conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a Él. Él las llama por su nombre y ellas lo siguen. Él les da la vida eterna, y no perecerán jamás. Nadie las arrebatará de su mano.
Escúchalo y síguelo, sacerdote: tú eres parte de su rebaño.
Tu Señor te ha enviado como cordero en medio de lobos, para que seas pastor. Aprende de tu Maestro, y libra a tu rebaño de la opresión. Invita a tus ovejas a tomar el yugo de tu Señor, y no les des cargas pesadas, sino ligeras. Sé compasivo y misericordioso, y enséñalas a seguirte, para que aprendan de ti, y se dejen conducir por su propia voluntad a la verdadera libertad, que es el conocimiento de la verdad, que las libera de las cadenas del mundo y les concede la paz.
Y tú, sacerdote, ¿estás cansado?
¿Tu carga es pesada?
¿Estás atado al mundo por las cadenas del orgullo, que te frustran y te debilitan?
¿Pretendes seguir caminando con tus propias fuerzas?
¿Asumes la responsabilidad de tu rebaño, y cargas sobre tus espaldas todos sus problemas?
¿Pretendes ganar el mundo tú solo, y no te das cuenta de que puedes perderte a ti mismo?
¿Estás cansado de tu trabajo, porque estás envuelto en el vicio del activismo?
¿Cierras tus ojos para no ver, y tus oídos para no escuchar, creyendo que lo sabes todo, que no necesitas nada, y no te dejas ayudar; pero en realidad no crees en tu poder, porque ni un demonio puedes expulsar?
¿Hasta cuándo te va a soportar tu Señor? ¿Hasta cuándo?
De ti, sacerdote, se requiere humildad, porque el que no reconoce que está cansado, ¿cómo podrá descansar?
El que no quiere ver que su carga es pesada, ¿cómo podrá aligerarla?
El que cierra los ojos a lo invisible, y pretende que lo visible sea su única realidad, ¿cómo podrá alcanzar la libertad?
Y el que se resiste a ser conducido por el camino de la verdad, ¿a dónde va?, ¿a dónde quiere llegar? ¿Conoce la meta?, ¿la podrá alcanzar?
Acude, sacerdote a la oración y al encuentro de tu Señor en medio de tus trabajos y de las fatigas de todos los días, y entrégale tu corazón cansado, contrito y humillado, para que sea renovado en el amor, y configurado en la humildad y en la mansedumbre de su Corazón Sagrado, que ha sido ya tan lastimado por las cargas de tus errores y tus pecados, y que merece de ti ser amado, para ser reparado por el amor del amigo que nunca lo abandona, su más pequeño, su más amado.
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