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Espada de Dos Filos

DECIR SÍ AL SEÑOR – SOMETERSE A LA OBEDIENCIA (Mt 5, 33-37)

«Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no»

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Sábado 14 de junio de 2024

ESPADA DE DOS FILOS III, n. 87
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Acepta, sacerdote, la voluntad de tu Señor, que cuando dice “sí” es “sí”, y cuando dice “no” es “no”. Y sométete a la obediencia, cumpliendo sus mandamientos, esperando con paciencia a que pasen las tormentas, y el mar esté en calma, para que puedas ver con claridad el motivo de esa voluntad, con visión sobrenatural».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL SÁBADO DE LA SEMANA X DEL TIEMPO ORDINARIO
Les digo que no juren ni por el cielo ni por la tierra.
+ Del santo Evangelio según san Mateo: 5, 33-37
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
S
eñor Jesús: la experiencia personal nos dice que en todos los pecados siempre hay algo de soberbia, porque nos olvidamos de que necesitamos de tu gracia para vencer las tentaciones, y las enfrentamos confiando en que con nuestras solas fuerzas vamos a vencer.

Tú permites que el demonio actúe tentando a los hombres, para que reconozcamos nuestra fragilidad y acudamos a tu auxilio. Lo que esperas de nosotros es que digamos “sí” cuando es “sí”, y “no” cuando es “no”.
Es decir, que seamos sinceros con nosotros mismos, con Dios, y con nuestro director espiritual. Que digamos la verdad y reconozcamos nuestras limitaciones. Que no pretendamos ir por nuestra cuenta.
Y la verdad es que si nos abandonamos a la voluntad de Dios vendrá nuestro descanso, y con él los frutos del Espíritu Santo, que nos dan alegría y paz.
El sacerdote puede tener la tentación de pensar en el “qué dirán”. Le puede entrar la soberbia de sentirse que sabe más que los demás, que está mejor preparado, que él es el maestro, el de la experiencia, el de la autoridad moral.
Y le cuesta reconocer que se equivocó, que no sabe, que tiene debilidades, que se dejó llevar por la tentación.
Señor, siempre necesitaremos luchar en la humildad, que es la base de todas las virtudes. ¿Cómo esperas que tus sacerdotes aprendamos de ti, que eres manso y humilde de corazón?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío:
Tú dijiste “sí” cuando había que decir “sí”. Y dijiste “no” cuando había que decir “no”.
Era todo lo que tenías que decir, y eso es todo lo que tienes que decir todos los días de tu vida.
Dime “sí”, deja todo y sígueme. De todo lo demás me encargo yo.
Tú, sin mí, nada puedes hacer. Pero conmigo todo lo puedes, hasta aquello que te parece inalcanzable, imposible, lejano, tan grande, y que no mereces.
Yo te digo, amigo mío, que no hay nada inalcanzable, imposible, lejano, ni tan grande para Dios. Y Él te lo dará, aunque no lo mereces, porque, al decir la palabra más difícil, te has abandonado a su Divina voluntad. ¿Hay acaso un mejor lugar?
Yo te digo, amigo mío, que la seguridad la da la fe, y un justo discernimiento te lleva, a través de esa fe, a saber cuándo debes decir “sí”, y cuándo debes decir “no”. Y la gracia de decir “sí” o de decir “no” la da el Espíritu Santo, para que tengas el valor de enfrentar las oportunidades y las consecuencias de tu determinación. Y también te da los medios.
Por eso te digo que no voltees para atrás, porque has tomado la decisión correcta. Lo que sigue es caminar en la confianza de acompañar a mi Madre para cumplir sus deseos, y hacer la voluntad de Dios. Tus planes son los planes de Dios. Por tanto, di “no” a todo lo que te aleja de esos planes, y di “sí” a todo lo que te concierne para darles cumplimiento.
Pero camina con seguridad, dando ejemplo de lo que significa tu “sí” y tu “no”, manifestando en ese “sí” y en ese “no”, el amor a la cruz de tu Señor, que te habla al oído, siempre cerca, aunque de diversos modos, porque en su omnipresencia siempre está contigo. Aquí estoy, amigo mío. La soledad es para los que me dejan solo, y se van. Yo nunca abandono.
Yo te pido que medites mi Palabra, porque se cumplirá hasta la última letra.
Para muchos la palabra más difícil de decir es “no”, porque los envuelve la soberbia, y dicen “sí” cuando es “no”. Entonces se vuelven tibios. Ojalá fueran fríos o calientes. Ojalá permanecieran firmes. Entonces yo corregiría a los que se equivocan, y convertiría sus corazones. Pero los que dudan, no tienen claras sus intenciones, y el miedo de la duda conduce a la desconfianza y a la cerrazón.
Vive un día a la vez, con valor, diciendo “sí” cuando es “sí” y “no” cuando es “no”. “Sí” a la vida, “sí” a la alegría, “sí” a la esperanza, “sí” al amor. “No” a la indiferencia, “no” a lo que conduce a la muerte, “no” al miedo, “no” al pecado, “no” al diablo. “Sí” a Dios.
Una sola palabra bastará para sanarte.
Amigo mío: ven.
Contempla en mí el rostro del amor y de la misericordia.
Contempla a mis ángeles en la plenitud y la paz de mi cielo.
Contempla mi rostro, y en él la inocencia y la pureza, la plenitud y la paz.
Es el rostro del amor.
Es el rostro de un hombre y la divinidad de un Dios.
Es un rostro que fue destruido, y en tres días fue reconstruido.
Es el rostro del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Es el rostro de la misericordia.
Contempla mi rostro, y siente el amor de un padre y la ternura de un hijo, la compasión de un hermano y la compañía de un amigo.
Y, sintiendo mi protección, entiende que tú eres un pequeño cordero que yo llevo en mis brazos, para entregarte en los brazos de mi Madre. Ella te toma y te abraza con la ternura de una madre que abraza a un bebé. Déjate, abandónate en su confianza y descansa.
Entiende que el abandono a la voluntad de Dios es tu descanso, y la plenitud de ese descanso es amor, alegría, paz, paciencia, mansedumbre, bondad, benignidad, longanimidad, fe, modestia, templanza y pureza.
Entiende también que vale la pena, por ese cielo, renunciar al mundo entero.
Amigo mío: tú has sido elegido, y llamado, y lleno del Espíritu Santo, que ha sido derramado en tu corazón. Y has sido enviado a dar testimonio de la verdad, construyendo el Reino de los Cielos a través de tu ministerio, por el que será conducida la misericordia a mi pueblo.
Otros serán llamados para servir y ser enviados como tú, en esta misma misión, para que, con sus sacrificios y alabanzas, construyan mis obras con alegría, para la gloria de Dios, diciendo “sí” a todo lo que es de Dios, y “no” a todo lo que no viene de Dios.
Yo les daré a ustedes, mis amigos, los medios. Que vengan a mí los que estén cansados y yo les daré descanso. Que tomen mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.
Yo les daré descanso en mí, mientras trabajan y construyen mis obras, abandonados en la voluntad de Dios, que es así como edifican el Reino de los Cielos en la tierra.
Contempla mi rostro y contempla la misericordia.
Yo me abandono en ti, y confío totalmente en ti, y en tu disposición y fidelidad a mi amor. Y me entrego a ti para llenarte de amor. Y tú te vacías de ti para llenarte de mí, y me recibes, hasta que mi amor te llena y te desborda. Ese, amigo mío, es mi descanso.
Permanece siempre dispuesto a mi amor.
Tu descanso será abandonar tu voluntad a la voluntad de Dios, confiando como hijo en la providencia de su Padre, que es un Dios bueno y misericordioso.
Porque si los hombres, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más su Padre que está en los cielos les dará cosas buenas a los que le pidan.
Yo les digo: pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre».

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Madre nuestra, Reina de la humildad: me gusta llamarte bienaventurada, porque el Señor se fijó en la humildad de su esclava. Ayúdame a seguir tu ejemplo.
Tú le dijiste que sí a Dios en todo lo que te pedía, abandonándote completamente en sus manos y dispuesta a dar tu vida, dejándonos el máximo ejemplo cuando acompañaste a Jesús al pie de la cruz.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive.
Yo les doy este tesoro de mi corazón: mi abandono en la voluntad de Dios.
El descanso del alma está en abandonarse con fe, con esperanza y con amor, en la confianza, disposición y fidelidad del que verdaderamente te ama y da la vida por ti, y que confía plenamente en ti y en tu disposición y fidelidad, y se abandona en tu amor, para descansar en ti.
Descanso mutuo y recíproco de quienes están llenos del Espíritu Santo, y tienen un solo corazón y una sola alma.
Este será el descanso entre ustedes, si se aman los unos a los otros como mi Hijo los ha amado, porque este es su descanso.
Apacienten al rebaño que les ha sido encomendado. Ese será mi descanso.
Permanezcan unidos en la oración, y abandónense en mis brazos, que yo siempre los llevaré a Jesús, para que les procure la plenitud de su descanso, mientras contemplan su rostro, el rostro del amor y de la misericordia, en cada transubstanciación, presencia real de Cristo vivo en la Eucaristía».

¡Muéstrate Madre, María!
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – SOMETERSE A LA OBEDIENCIA
«Digan simplemente sí, cuando es sí, y no cuando es no».
Eso dice Jesús.
Te lo dice a ti, sacerdote, y también te dice que cualquier otra cosa que digas de más viene del maligno.
Tu Señor te advierte, sacerdote, porque el demonio es astuto, y te tienta, haciéndote creer que puedes jurar y cumplir lo que prometes, con tus propias fuerzas.
Entonces te compromete y te llenas de soberbia, pretendiendo conquistar el mundo por tu propia cuenta, y caes, y te frustras, y te entregas a la tristeza y a la soledad, alejándote de aquel a quien juraste fidelidad y amistad.
Y ¿de qué te sirve, sacerdote, ganar el mundo entero, si te pierdes a ti mismo?
Haz conciencia, sacerdote, y date cuenta de las veces que has jurado hacer esto o aquello, con tu escasa capacidad y tus pocas fuerzas, generando falsas esperanzas y seguridades, como si el mundo entero dependiera de ti. Y cuántas veces has dejado de hacer esto o aquello, por suponer que es demasiado grande para ti.
Nada puedes tú solo, sacerdote, pero todo lo puedes en aquel que te fortalece.
Por tanto, entrégale tu voluntad a tu Señor, y abandónate a sus designios, participando en su plan divino, dándole el timón de tu vida, para que sea Él quien te dirija, para que sea Él, y no tú, quien viva en ti.
Entonces dile “sí”, y haz todo lo que Él te diga, permaneciendo en vela, atento, escuchando su Palabra, y poniéndola en práctica en tu vida.
No digas mañana, sacerdote, porque el mañana puede ser que te falte, y te llene el hoy de angustia y de desesperación, de impaciencia y de frustración.
Pídele a tu Señor que te llene del don de discernimiento, para que sepas distinguir lo que está bien de lo que está mal, y pídele que fortalezca tu voluntad, para que sepas decir “sí” cuando es “sí”, y “no” cuando es “no”.
Pídele a tu Señor que te dé la docilidad, para dejarlo actuar sin estorbar.
Pídele la humildad, para aceptar tu debilidad y reconocer en ti su fortaleza.
Proclama, sacerdote, la grandeza de tu Señor, y manifiesta su voluntad y su amor a través de tus obras, haciendo la voluntad de tu Señor, llevando al mundo su misericordia.
Acepta, sacerdote, la voluntad de tu Señor, que cuando dice “sí” es “sí”, y cuando dice “no” es “no”. Y sométete a la obediencia, cumpliendo sus mandamientos con toda tu voluntad, esperando con paciencia, con fe, con esperanza y con caridad, a que pasen las tormentas, y el mar esté en calma, para que puedas ver con claridad el motivo de esa voluntad, con visión sobrenatural.
Persevera, sacerdote, en tu entrega, y defiende con firmeza tus compromisos, por los que has adquirido una gran responsabilidad, con la voluntad de servir a Dios a través del prójimo, sabiendo que tú solo no puedes, pero tu Señor te dice: “yo te ayudo”, y solo Dios basta.
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