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Espada de Dos Filos

CONFIAR EN LA MISERICORDIA DE DIOS – EL PODER DEL SACERDOTE (Mt 12, 1-8)

FIESTA DE SANTA FAUSTINA KOWALSKA

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Lunes 5 de octubre de 2026

AUDIO   AUDIO DE LA REFLEXIÓN

ESPADA DE DOS FILOS VII, n. 32
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«No pierdas la oportunidad, sacerdote, de acudir a tu Señor y a su Divina Misericordia, para convertir tu corazón, y de participar de su obra redentora, construyendo con Él el Reino de los Cielos, por lo que tú alcanzarás también su misericordia, al derramarla para el mundo entero»

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DE LA FIESTA DE SANTA FAUSTINA KOWALSKA
Misericordia quiero y no sacrificios
+ Del santo Evangelio según san Mateo: 12, 1-8
Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con Él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.
Él les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes?
¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.
Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: me alegra hoy celebrar la fiesta de Santa Faustina, a quien tú elegiste para que difundiera por todo el mundo la devoción a la Divina Misericordia, que en nuestro tiempo ha querido la Providencia que la tengamos especialmente presente, entre otras cosas, después de haber convocado el Santo Padre Francisco el Año de la Misericordia.
Se me viene a la mente tu imagen como Señor de la Misericordia, que pediste pintar para que fuera venerada en el mundo entero. Apareces vestido con una túnica blanca sencilla, con llagas en tus manos y en tus pies descalzos. Con una mano bendices y con la otra tocas tu pecho, del que salen rayos de luz blanca, que simbolizan el agua que justifica las almas, y rayos de luz roja, que simbolizan la sangre, que es vida del alma. Es imposible no pensar en tu corazón traspasado por una lanza, de donde sale sangre y agua.
Nos dejaste también, a través de ella, la devoción de la Coronilla, para pedir al Padre misericordia, por tu dolorosa Pasión, para nosotros y para el mundo entero.
Señor, yo quiero ser un apóstol fiel de tu Divina Misericordia. Enséñame.
¡Jesús, en ti confío!
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdotes míos: la misericordia de Dios es darse como Padre a través del Hijo, para hacerlos hijos en el Hijo, y darles su heredad.
Quiero que se sepan hijos y quieran ser hijos, y que agradezcan la filiación divina, que es la más grande obra de misericordia del Padre, porque Él mismo se da a los hombres a través de mí.
Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.
Yo he ganado para ustedes, con mi vida, el derecho que los justifica y dignifica como hijos, y que los hace exclamar ¡Padre!, para que todos sean uno, como el Padre en mí y yo en Él; que sean uno en nosotros, para que el mundo crea que Él me ha enviado.
No hay misericordia más grande que esa en la que el Padre mismo se hace al hombre, porque se da a través del Hijo, hecho misericordia, para darles todo lo que necesitan, y que a través de la oración le pidan, diciendo “Padre nuestro”, porque todo el que pide, recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre.
¿O acaso habrá alguno que, si el hijo le pide pan, le dé una piedra; o si le pide un pez le dé una culebra? Con más razón sabrán que el Padre les dará cosas buenas a sus hijos. Por tanto, la misericordia del Padre, que yo derramo en mi cruz, es su providencia divina, y ese es el derecho que yo he ganado para los hijos: el derecho de recibir la misericordia de su Padre.
Ustedes acompañen a mi Madre al pie de la cruz, y aprendan de ella a pedir misericordia para sus hijos, como ella la pide para mí, porque en mí están todos sus hijos, en un solo cuerpo y un mismo espíritu.
Ustedes son conducto de mi misericordia, instrumentos para transmitir el amor de Dios a las almas. Reciban mi misericordia para que la transmitan.
Quiero que descubran el poder de intercesión que yo he confiado a ustedes.
Quiero que permanezcan en el silencio de la oración, orando al Padre por todas las almas.
Quiero que permanezcan en un encuentro constante conmigo, porque son míos.
Quiero que acompañen a mi Madre al pie de la cruz, pidiendo, recibiendo, escuchando.
Quiero que se abandonen en mis brazos crucificados, en una súplica constante al Padre, como pide mi Madre, por los méritos de su Hijo crucificado y mi corazón expuesto.
Quiero que permanezcan en mi Sagrado Corazón, porque es desde ahí la oración escuchada, la petición al Padre concedida, y la misericordia derramada.
La misericordia del Padre es tan grande que la da a todos los hijos, pero le da más al que necesita más.
La misericordia de Dios es infinita, y es para todos, especialmente para los más pecadores, porque donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.
Miren a Faustina, apóstol de mi misericordia, y pidan su intercesión, para que nunca se cansen de transmitir misericordia, abandonándose en mi confianza, y soportando todo sufrimiento en la alegría de mi amor.
 Amigo mío: confía en mí.
 Misericordia es lo que he tenido contigo. Porque no me conocías, pero creíste en mí, y confiaste en mí; y estabas enfermo y yo te curé; y estabas en peligro y yo te cuidé; estabas perdido y yo te encontré, y te llamé por tu nombre, y viniste conmigo, y me entregaste tu corazón.
Yo te he sanado, te he curado, te he dado de comer y te he dado de beber, te he liberado de tus prisiones, te he dado casa, te he vestido, te he aconsejado, te he instruido, te he consolado, te he perdonado, te he corregido, contigo he orado, contigo he sufrido, te he amado. Tú me has conocido y me has amado.
Aprende qué es la misericordia, cómo se siente la misericordia, cómo se pide la misericordia, cómo se recibe la misericordia, cómo se vive la misericordia.
Pide misericordia para los que no saben pedir.
Pide misericordia para todos mis sacerdotes, para que sean convertidos sus corazones, para que sean corazones humillados, que sepan sufrir por el daño que me causan, que sepan arrepentirse, que pidan perdón, para que sean transformados en corazones suaves, vivos, ardientes, como el mío.
Pide al Padre que derrame abundantes gracias y misericordia sobre ellos, y les conceda entregarse a Él, por medio de obras de misericordia para todas las almas.
Porque la misericordia es para todos, para los buenos y para los malos, para los justos y para los pecadores, para los ricos y para los pobres, para los que se arrepienten y para los que no saben lo que hacen.
Misericordia es Dios abajado al hombre para elevar al hombre.
– es aceptar al hombre a pesar de sus miserias;
– es perdonar al hombre, a pesar de su culpa;
– es acoger al hombre a pesar de sus pecados;
– es compadecer con él;
– es llenarlo de lo que carece, transformarlo para hacerlo puro, para hacerlo santo, para que pueda llegar a Dios.
Misericordia es darse, es entregarse por medio del prójimo a Dios.
Reza el Rosario, porque a quien lo reza mi Madre lo acompaña y reza con él. Cada cuenta del Rosario es una súplica de misericordia en mi nombre. Y todo lo que pidan en mi nombre yo se los concederé. El que cree en mí, hará las mismas obras que yo.
Sacerdotes: yo soy el Hijo de Dios. El que crea en mí vivirá para siempre.
Es por mi culpa que he sido crucificado y muerto en la cruz. Porque he venido a compadecer las miserias de los hombres, y las he hecho mías, asumiendo la culpa de todos sus pecados; expiando, con mi pasión y muerte, todos los pecados; entregándome a los hombres y exponiendo mi corazón, para que sea saciada su sed con la sangre y el agua de mi Sagrado Corazón.
Para entregarme, para que sean alimentados con mi carne pura y santa, que nutre el cuerpo y el alma.
Para transformar su carne y su alma impura y corrompida por el pecado en carne incorrupta y en alma eterna en el último día.
¡Ay de ustedes los que creen que conocen al Hijo del hombre, y cuando Él venga no estén en vela!, porque, aunque corran asustados y llenos de miedo, y se escondan, mi justicia llegará hasta donde no hubo misericordia.
Sacerdotes míos: yo les digo que la misericordia de Dios es para todos. Pidan, reciban y compartan mi misericordia en los confesionarios, en el altar, en el ambón, en el bautisterio, en el hospital, en la cárcel, en la calle, en los hogares, y en todos los lugares.
Tengan misericordia para el desvalido, para el enfermo, para el hambriento, para el sediento, para el desnudo, para el preso, para los vivos, para los muertos.
Misericordia para el ignorante, para el que se equivoca, para el pecador, para el que está solo, para el que sufre, para el que necesita consejo, para el que está cerca, para el que está lejos.
Fortalézcanse en la oración, para que, por medio de la compasión y la misericordia, acojan a todas las almas y consigan conmigo la redención, para que lleven ustedes a todo el pueblo a la reconciliación con Dios.
Amigo mío, te diré lo que yo quiero: Misericordia quiero y no sacrificios».

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Santa Faustina: me alegro contigo en la fiesta que hoy se celebra en tu honor en el Cielo, y pido tu consejo para vivir y ejercer mi ministerio con más confianza en la Divina Misericordia. Déjame entrar a tu corazón para escucharte.

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«Apóstol de Jesús, repite conmigo: Jesús en ti confío, Jesús en ti confío, Jesús, en ti confío.
Eso es todo lo que tienes que hacer para ser todo de Él. La misericordia derramada de su Sagrado Corazón también eres tú, apóstol de su amor. La misericordia de Jesús, el Hijo de Dios, es también cada instrumento que Él nos dio para administrar los sacramentos. 
Tú eres, sacerdote de Cristo, misericordia infinita de Dios. Y la misericordia de la Madre de Dios quiere reunirlos a ustedes, instrumentos de Cristo, en torno a Ella, para que renueven sus compromisos, y sirvan con fidelidad y eficacia al Señor.
La misericordia de la Madre de Dios son sus benditas obras, para que conozcan al Hijo, y lo amen. Pero nadie conoce al Hijo, sino el Padre, y nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Ella ha sido bendecida por esa gracia que se le da a la gente sencilla. Por eso, a través de la Madre, es posible conocer al Hijo, sumergiéndose en la misericordia derramada del Sagrado Corazón del Hijo, gracia santificante y transformante que justifica y salva, luz radiante que ilumina y renueva, rayos brillantes que provienen de la sangre y el agua del corazón abierto, expuesto, en el costado de Cristo.
Tú eres como yo, apóstol de la misericordia divina. Y aquí estoy yo, para interceder por ti, y por todos los que entregan su vida acompañando a María.
Ustedes, los sacerdotes, instrumentos de la misericordia de Dios, necesitan primero recibirla, para poder conducirla a las almas, proveniente del Corazón de Dios. Pero si no están dispuestos y abiertos a la gracia, ¿cómo van a recibir la misericordia para llevarla a las almas? 
Es necesario que los que son apóstoles recen, ofrezcan sacrificios y confíen en Jesús, como yo, intercediendo por aquellos que necesitan convertir su corazón.
Yo te invito, apóstol de Cristo, apóstol de su amor, a motivar al rebaño que te ha sido confiado a que recen con devoción la Coronilla a la Divina Misericordia, que la misericordia misma me dio.
Conseguiremos del cielo muchas gracias para aquellos que son instrumentos, pero están cerrados, y no conducen la misericordia de Dios, y no la aceptan tampoco para ellos, por lo que permanecen sumidos en sus miserias, perdidos en el olvido y en la indiferencia de tantos regalos cerrados que les ha dado Dios, y han despreciado.
Yo te aseguro, porque así lo ha prometido Jesús, que el Padre eterno, por la gracia del Espíritu Santo, y la intercesión de la Omnipotencia Suplicante de la Madre de Dios, que cada Coronilla rezada conseguirá para cada sacerdote su conversión, ya sea que el sacerdote la rece, o que la rece un alma con la recta intención de interceder por su conversión.
Yo te agradeceré que tú la reces. Conseguirás mucha gracia de Dios, aunque no te des cuenta.
No sabes todavía la eficacia tan grande que tiene esa oración, pero yo sí lo sé, a mí me la dio, y desde el Cielo yo veo lo que a través de ella hace el Señor. Él te da su poder para expulsar demonios, para convertir corazones, atravesándolos con la espada de dos filos.
Yo te amo a ti, Cristo vivo, y te digo: cuenta conmigo. Yo en ti confío».

¡Muéstrate Madre, María!

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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – EL PODER DEL SACERDOTE
«Vayan y aprendan qué sentido tiene Misericordia quiero y no sacrificios. Porque no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9, 13).
Eso dijo Jesús.
Y tú, sacerdote, ¿has aprendido el sentido que tienen estas palabras?
¿Conoces el significado de la misericordia?
¿La practicas a través de obras, o haces sacrificios vacíos que no son agradables a tu Señor?
La misericordia de Dios ha sido derramada en la cruz desde el Sagrado Corazón de Jesús.
Tú eres, sacerdote, instrumento de salvación, para llevar la misericordia de tu Señor al mundo entero.
Tu Señor te ha llamado y te ha elegido para darte una gran responsabilidad, porque Él te conoce desde antes de nacer, y te ha consagrado para Él.
Y Él confía en ti, porque te da la gracia, y su gracia te basta.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de perdonar los pecados, y todos a los que tú perdones les quedarán perdonados, pero a los que no perdones, les quedarán sin perdonar. Y de eso, sacerdote, tú darás cuentas.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de consagrar el pan y el vino, para que sean transubstanciados en verdadera comida y en verdadera bebida, para llevarle a los hombres la vida y la salvación.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de llevar su paz al mundo. Esa, sacerdote, es tu cruz, para que la lleves todos los días con alegría.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de predicar su Palabra con tu boca, y te da la autoridad para que tengas credibilidad ante el mundo al proclamar la buena nueva haciendo sus obras.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder de unir el cielo con la tierra, por lo que todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.
Tu Señor ha puesto en tus manos el poder para hacer sus obras y aún mayores, porque Él, que ha subido al Padre, está contigo todos los días de tu vida para ayudarte.
Tu Señor ha puesto el poder de Dios en ti, sacerdote, entregándose totalmente en tus manos, y Él es la misericordia misma que te envía a darle de comer al hambriento, a darle de beber al sediento, a vestir al desnudo, a visitar al enfermo, a acoger al peregrino, a visitar al preso, a darle santa sepultura al muerto, a enseñar al que no sabe, a dar consejo al que lo necesita, a corregir al que se equivoca, a perdonar los pecados, a consolar al triste, a sufrir con paciencia los errores de los demás, y a orar por los vivos y los muertos.
Y tú, sacerdote, ¿eres misericordioso?
¿Haces lo que tu Señor te manda?
¿Cumples la misión que Él te ha dado, y para la que has sido enviado?
¿Aceptas tu ministerio con alegría para llevar al mundo la paz, o tienes cerrado tu corazón endurecido, que no da nada porque está vacío, y nadie puede dar lo que no tiene?
Acude, sacerdote, a la oración, y pídele a tu Señor que te dé la disposición para abrir tu corazón a recibir su gracia y su misericordia.
Mira que está a la puerta y llama. Si tú lo escuchas, y abres la puerta, Él entrará y cenará contigo y tú con Él.
No pierdas la oportunidad, que siempre está vigente, de acudir a tu Señor y a su Divina Misericordia, para convertir tu corazón, y de participar de la obra redentora de tu Señor, construyendo con Él el Reino de los cielos, por lo que tú alcanzarás también su misericordia, al derramarla para el mundo entero, porque tu Señor ha dicho “Bienaventurados serán los misericordiosos, porque ellos recibirán misericordia”.
Tú tienes, sacerdote, el poder en tus manos de transformar al mundo, buscando a los pecadores y convirtiéndolos en justos, a través de los sacramentos.
Usa bien tu poder, sacerdote, y lleva al mundo la paz a través de la misericordia.
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