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Espada de Dos Filos

TRANSFORMAR EL MUNDO –  PROFETAS DEL SEÑOR (Lc 4, 24-30)

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Lunes 4 de marzo de 2024 – Año de la Oración

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 20
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tu Señor te ha dado una misión: la suya. Y te ha enviado con su poder como sacerdote, profeta y rey, dándote una vocación para que su misión sea la tuya: proclamar el Evangelio a todos los pueblos, y anunciar que el Reino de los cielos ha llegado».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL LUNES DE LA SEMANA III DE CUARESMA
Como Elías y Eliseo, Jesús no ha sido enviado sólo a los judíos.
Del santo Evangelio según san Lucas: 4, 24-30
En aquel tiempo, Jesús llegó a Nazaret, entró a la sinagoga y dijo al pueblo: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra. Había ciertamente en Israel muchas viudas en los tiempos de Elías, cuando faltó la lluvia durante tres años y medio, y hubo un hambre terrible en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón. Había muchos leprosos en Israel, en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, que era de Siria”.
Al oír esto, todos los que estaban en la sinagoga se llenaron de ira, y levantándose, lo sacaron de la ciudad y lo llevaron hasta un precipicio de la montaña sobre la que estaba construida la ciudad, para despeñado. Pero él, pasando por en medio de ellos, se alejó de allí.
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: aunque es verdad que en muchos lugares al sacerdote lo aprecian, lo quieren, lo estiman sus feligreses, también es verdad que en no pocas ocasiones resulta un poco incómodo para algunos, porque tanto su conducta, como, sobre todo, sus palabras, resultan un reproche para muchas conciencias.
Nos toca a nosotros, Señor, ser otros Cristos, y padecer lo mismo que tú, cuando fuiste rechazado por los hombres. Pero, igual que tú, contamos con la gracia de Dios, para pasar por en medio de ellos.
Señor: ¿qué me pides a mí, como tu profeta?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu Corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Pastores míos: ustedes son constructores. Yo soy la piedra angular. Construyan sobre esta piedra, y edifiquen mi Iglesia predicando mi Palabra, proclamando el Reino de Dios.
Ustedes son profetas. Pero sepan que ustedes no son de este mundo. No pretendan ser del mundo, porque nadie es profeta en su propia tierra.
Yo los he llamado para sacarlos del mundo, para construir en el mundo, para hacer el bien, para amar no al mundo, sino a los que viven en el mundo, para predicar, para convencer.
Son los hombres por los que mi Padre ha creado el mundo. Es a los hombres a quienes mi Padre ha confiado el mundo, para transformar el mundo, para hacer el bien.
Es el hombre quien destruye el mundo, y en el mundo se destruye él.
Pastores míos: ustedes han sido enviados a guiar a los hombres, al pueblo elegido de Dios, hijos del Padre, hijos y hermanos de ustedes. A ustedes les ha sido dada la instrucción, por mi Palabra, por mi don.
Instrúyanlos, para que construyan, en lugar de destruir; para que se amen, en lugar de destruirse; para que hagan el bien, en lugar de hacerse daño.
Enséñenlos, para que me conozcan, para que crean en mí, para que sepan elegir la paz del cielo y no la tribulación del mundo. Porque yo he vencido al mundo. Yo he vencido a la muerte, y les he dado la vida.
Enséñenlos a agradecer los dones que mi Padre les ha dado, porque, cuando yo sea enviado de nuevo, les pediré cuentas, y se les pedirá según lo que se les ha dado. Porque a todo el que tiene se le dará, y le sobrará, pero, al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.
Entreguen ustedes, pastores míos, buenas cuentas.
Todo fue creado para bien. Luego, todo fue puesto a disposición de la creatura, que, a imagen y semejanza de Dios, fue también creada para bien, para él mismo entregarse, para amar y ser amado, y le entregó el dominio de las tierras y de los mares, y le entregó el dominio de aves y animales, y le entregó la capacidad de construir y de transformar el bien en un mayor bien, y le dio la capacidad de amar, y le dio la libertad de amar o de no amar.
Pero el hombre, que fue creado para construir, para amar, para hacer el bien, eligió por su propia voluntad no amar, destruir, hacer el mal.
Entonces les dio otra oportunidad, para elegir y hacer bien todas las cosas. Y les dijo Él mismo cómo hacerlas, por medio de las Escrituras y de los Profetas.
Pero el hombre no quiso escuchar y no quiso amar, y eligió pertenecer al mundo.
Pero, en el principio, el mundo era para el hombre, y no el hombre para el mundo.
Pero el hombre se vendió al mundo, y se perdió en el mundo.
Entonces Él mismo vino, por medio de su único Hijo, para hacer nuevas todas las cosas, para hacerlas Él mismo, y mostrar, con sus palabras y con sus obras, lo que Él quería en sus designios.
Pero el hombre eligió no amar, y destruir, y hacer el mal.
Pero Dios vio que era bueno, y era tal el abismo entre Dios y el hombre, y era Dios tan inalcanzable para el hombre, que se entregó al hombre para hacerse alcanzable, para hacerlo suyo, para hacerlos hijos.
Y en esa entrega el hombre eligió no amar, y destruirlo, y hacer el mal.
Y yo lo permití, por mi propia voluntad, para construir, para transformar el mal en bien y el bien en alabanza. Y entregué mi cuerpo, y entregué mi alma, y entregué, con mi vida, toda la creación de Dios en sus manos, al entregar mi espíritu, devolviendo al hombre la esperanza, y a Dios todo el amor de lo que había sido creado para el bien, para amar.
Y en tres días fue reconstruido todo lo que había sido destruido, y venció el amor, y venció el bien cuando el Hijo del hombre venció a la muerte.
Y viendo Dios que el hombre era bueno, y viendo su debilidad, me permitió permanecer en cada uno, alimentarlo, vivir en cada uno, para fortalecer su voluntad para que elija hacer el bien, construir y amar.
Pero el hombre es necio.
Sacerdotes míos: es tan grande el amor de Dios, que no solo les ha dejado al Hijo, sino también a la Madre. Acompáñenla a hacer el bien, a construir, a amar a los hijos como al Hijo, entregándose por ellos, como yo, para que hagan el bien, para que construyan, para que amen».

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Madre mía: la misión que yo tengo es muy grande. Tu Hijo me envía como profeta del amor, para convertir los corazones.
No ha faltado, en la historia de la Iglesia, que se juzgue a tus enviados, a tus profetas, a tus sacerdotes, porque nuestra misión, en buena parte, incluye transmitir la Palabra de tu Hijo, que no siempre es bien recibida, porque compromete.
Necesito tu protección cuando venga la persecución, la crítica, los falsos juicios. Dame tu ayuda y tu consuelo, para cumplir muy bien con lo que me pide Dios.
Madre de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote: déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos sacerdotes: este es mi auxilio: entregarles el amor.
Reúnanse conmigo, para que reciban mi auxilio, para que encuentren, a través de mí, el amor. Porque yo siempre los llevo a Jesús, porque Él siempre está conmigo y yo con Él. Pero el amor no es para guardarse. El amor es inquieto, es para entregarse, para compartirse, para darse, para fortalecer, para hacer crecer. Porque el que tiene amor nada le falta.
El que tiene amor ama y confía, comparte y entrega constantemente, porque el amor es infinito, bondadoso, eterno. Yo les entrego el amor, que es Cristo, para que viva en ustedes, para que vivan en Él, para que los fortalezca.
No tengan miedo, porque yo los envío a llevarlo a Él a todas las almas, para que convierta el agua en vino. Porque mis hijos tienen sed. Entréguenlo como lo entrego yo, con valor, con confianza, con seguridad, con determinación, para que el amor llegue por medio de la Palabra y la misericordia a todos los rincones del mundo.
Hijos míos: nadie es profeta en su propia tierra, pero es en casa en donde nace, crece y se fortalece el amor, y es desde casa que el amor es enviado al mundo para que dé fruto, y ese fruto permanezca.
Yo quiero que llegue el amor a todos los rincones del mundo, fortaleciendo a cada hijo mío que es llamado como pastor, convirtiendo cada corazón, porque mi Hijo está siendo condenado en su propia casa, en su propia tierra, en tierra de sacerdotes.
Que cada uno sea Cristo, para que no juzgue, aunque sea juzgado; para que no critique, aunque sea criticado; para que no repudie, aunque sea repudiado; para que no persiga, aunque sea perseguido; para que, aunque no sea amado, sepa llevar el amor, y transformar los corazones, entregándose, abandonándose, sirviendo, confiando, fortalecido con el amor que yo le entrego, para amar a los hombres con el amor de Cristo, aun en su propia tierra.
Que los sacerdotes que están por nacer reciban mi auxilio, para que nazcan en el Amor y permanezcan en Él. Porque desde antes de nacer Él ya los conoce, y los escoge, y los consagra para Él, y me los entrega, para que yo los reúna con Él, y transforma el vino para darles de beber, para que beban de su cáliz, y se entreguen por Él, con Él y en Él.
Hijos míos: yo los llamo para que mi corazón de Madre los acompañe y los sostenga, los fortalezca, los proteja, los ampare, los ayude, y los conduzca al encuentro y a la plenitud del amor».

¡Muéstrate Madre, María!
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PROFETAS DEL SEÑOR
«Yo les aseguro que nadie es profeta en su propia tierra».
Eso dice Jesús
Y te lo dice a ti, sacerdote, porque te entiende, te compadece, te comprende, y te ayuda.
Todo lo que tú has padecido, Él ya lo padeció, todo lo que tú has sufrido, Él ya lo sufrió, todo lo que tú has vivido, Él ya lo vivió, todo lo que tú has perdido, Él ya lo ganó para Dios, porque tú no tienes un sumo sacerdote que no te comprenda y que no se compadezca de tus flaquezas, ya que ha sido probado en todo, como tú, excepto en el pecado.
Tu Señor es tu Maestro, sacerdote, todo te lo ha enseñado, y todo te lo ha dado, para que creas en Él, para que mantengas tu confesión de fe.
Acércate, sacerdote, al trono de la gracia, y pídele que te ayude a llevar su auxilio y su misericordia al mundo, porque ya te has dado cuenta de que tú solo no tienes la fuerza, por más que lo intentas, pero todo lo puedes en Cristo que te fortalece.
Pídele a tu Señor el valor para predicar su Palabra, también en tu propia tierra, aunque no te valoren, aunque no te entiendan, aunque te critiquen y te juzguen, y aunque no te crean. Predica con tu ejemplo la verdad, y háblales de Dios, porque la boca habla de lo que está lleno el corazón.
Permanece firme, sacerdote, y demuéstrale al mundo que el Espíritu del Señor está sobre ti, porque te ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos, y proclamar el año de gracia del Señor, que es la misericordia misma.
Ten el valor de declarar a tu Señor ante los hombres, y no te preocupes por lo que has de decir, sólo habla de lo que se te comunique en ese momento, porque el Espíritu Santo es quien hablará por ti.
Tú eres un enviado del Señor, sacerdote. Desde antes de nacer Él ya te conocía y te tenía consagrado. Profeta de las naciones te constituyó, te llamó, te eligió y te configuró, para hacerte como Él, un hombre sagrado, para que lleves a todos los hombres a Dios.
Y tú, sacerdote, ¿tienes el valor de profesar tu fe?
¿Tienes la valentía de proclamar la Palabra de tu Señor en todos los ambientes, en cualquier circunstancia, con cualquier gente, todos los días?
¿De qué es lo que habla tu boca, sacerdote?
¿Hablas, o te callas, queriendo complacer y no disgustar a tus amigos y parientes, aunque no conozcan la verdad?
Y tú, sacerdote, ¿conoces la verdad?, ¿la profesas?, ¿la defiendes?
¿Exiges el respeto que merece tu dignidad sacerdotal?, ¿reconoces el valor de esa dignidad?
Tu Señor te ha dado una misión: la suya. Y te ha enviado con su poder como sacerdote, profeta y rey, dándote una vocación para que su misión sea la tuya: proclamar el Evangelio a todos los pueblos, y anunciar que el Reino de los cielos ha llegado, para que crean en Cristo resucitado, y en el profeta que se los ha anunciado, porque eres el mismo Cristo que redime, que santifica, que salva, que anuncia la buena nueva, que libera a los cautivos, que cura a los ciegos, que libera a los oprimidos, y proclama la grandeza del Señor, también en su propia tierra.
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