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Espada de Dos Filos

HOMBRE DIVINIZADO – PRESENCIA VIVA DEL SEÑOR (Lc 24, 35-48)

«No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan?» 

Para la oración personal del sacerdote con base en el Evangelio del día.
Domingo 14 de abril de 2024 – Año de la Oración

ESPADA DE DOS FILOS II, n. 51
P. Gustavo Eugenio Elizondo Alanís

«Tú eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, testigo fiel de que Él resucitó, y vive en ti, y a través de ti se entrega una y otra vez al mundo, para llevar su perdón a todos los hombres, y su paz hasta los confines de la tierra».

«La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de dos filos» (Heb 4, 12).

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EVANGELIO DEL DOMINGO III DE PASCUA (B)
Está escrito que Cristo tenía que padecer y tenía que resucitar de entre los muertos al tercer día.
+ Del santo Evangelio según san Lucas: 24, 35-48
Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?”. Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.
Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.
Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto”. 
Palabra del Señor.

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“En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? … (Francisco, Evangelii Gaudium, n.153).

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REFLEXIÓN PARA EL SACERDOTE
Señor Jesús: para tus discípulos, y para nosotros ahora, es muy diferente cuando tú dices “yo soy”, que cuando lo dice cualquier otra persona.
Para el pueblo elegido “Dios es”: Yahvé.
Era comprensible el desconcierto y temor cuando te vieron resucitado, les costaba creer, aunque te veían.
Y después de decirles que eres Dios, les demuestras que sigues siendo hombre, comiendo delante de ellos, y mostrándoles tus llagas. Estaban viendo el mismo cuerpo que había estado en la cruz.
Y a mí me ayuda mucho contemplarte como hombre verdadero, porque eres mi modelo, y quiero tener tus mismos sentimientos.
Y me ayuda también contemplarte como Dios, porque yo, sacerdote, soy Cristo en el mundo, y tengo que aprender a ser hombre divinizado.
Lo primero que dijiste a tus discípulos el día de tu resurrección fue: “la paz esté con ustedes”. Eso mismo quieres que hagamos nosotros: llevar a las almas tu paz.
Y nos das tu poder, con el Pan y la Palabra. Con la Eucaristía se abren los ojos, y con tu perdón se recupera la paz del corazón.
Jesús, ¿qué debo hacer para dar testimonio de que soy tu presencia viva en el mundo?
Permítenos a nosotros, sacerdotes, entrar en tu corazón, y concédenos la gracia de escucharte.

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«Sacerdote mío, mírame: Yo soy. Mi paz te doy.
Yo soy un hombre de carne y hueso. Mi cuerpo y mi rostro son de hombre divino y glorioso. En mi costado tengo una herida, abierta, profunda y fresca. A través de esa herida se expone mi corazón, vivo y herido, por el que corre la sangre de mis venas. Mis manos y mis pies también tienen heridas profundas, que los atraviesan de un lado a otro. No son cicatrices, son llagas frescas.
Entrégate a mí, amándome, adorándome, sintiendo el gozo y la plenitud de mi paz. Me muestro ante ti. Te uno a mi corazón, te hago parte de mí, y te hago mío. Me hago tuyo para que des testimonio de mí. Lleva tu testimonio al mundo, para que crean en mí.
Yo soy alimento, pan vivo bajado del cielo, para alimentar al mundo y darle vida.
Yo soy Dios, y también soy un hombre, y tengo hambre y tengo sed. Dame de comer y dame de beber. Tráeme almas. Lleva mi paz y diles que yo soy.
Yo soy el mismo, ayer, hoy y siempre.
Yo soy Jesucristo, el Hijo de Dios, que tenía la gloria con Él antes de que el mundo existiera.
Yo soy el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo.
Yo soy el que ha sido enviado al mundo para salvar a los pecadores.
Yo soy el que es, el que era y el que ha de venir.
Yo soy Dios hecho hombre, engendrado por el Espíritu Santo en vientre virgen de mujer, Palabra encarnada, para nacer de una mujer inmaculada y pura, para llevar la luz al mundo.
Yo soy Dios y hombre, para ser en todo como los hombres, menos en el pecado. Pero para hacerme pecado, y con mi muerte destruir la muerte causada por el pecado, y venciendo a la muerte, dar vida a los hombres.
Yo soy el que nació entre los pobres, para traer la riqueza del Reino de Dios al mundo.
Yo soy el bebé indefenso, que dependía totalmente de los cuidados de su Madre. El que ella cuidó y alimentó.
Yo soy el que su padre protegió y educó.
Yo soy el que aprendió a hablar y a caminar, de la mano de su Madre.
Yo soy el que aprendió a obedecer, y a someterse al cuidado y dirección de sus padres.
Yo soy el que, siendo niño, jugó y creció entre los niños, para aprender a vivir con la humildad y mansedumbre de la inocencia de un niño.
Yo soy el que creció entre jóvenes para adquirir la madurez de los hombres, viviendo entre la miseria y el pecado de los hombres, conservando la gracia por el Espíritu, resistiendo a las tentaciones, aprendiendo a amar y sufrir, soportando con paciencia.
Yo soy hombre y Dios.
Yo soy el Hijo del Padre, y es a través de mí que el Padre se dona a los hombres, y compadece y sufre en la carne el dolor, y se alegra y vive como hombre.
Yo soy quien siente y sufre en el cuerpo y en el alma, como los hombres, y teme al dolor, pero lo acepta, y lo ofrece, porque teme más a Dios.
Yo soy quien ha sentido hambre y sed, frío y calor, cansancio y descanso, como los hombres, y he trabajado y he reído y he llorado, como los hombres, y me he entregado totalmente en manos de los hombres, amando hasta el extremo, como Dios y como hombre, amando a Dios por sobre todas las cosas a través de los hombres, obedeciendo a Dios hasta la muerte, por mi propia voluntad, por amor a Dios y a los hombres. Y una muerte de cruz.
Yo soy el hombre que entregó la vida siendo probado en cuerpo y en voluntad, como hombre.
Yo soy el mismo, el que han rechazado y condenado, el que ha sido exaltado en la cruz crucificado, y el que han bajado de la cruz y puesto en un sepulcro.
Yo soy el hombre y Dios vivo, que ha resucitado como hombre y como Dios.
Yo soy el camino en el que deben caminar.
Yo soy quien les da el ejemplo de vida, y con la gracia todo lo pueden.
Yo soy el hombre frágil y el Dios omnipotente.
Yo soy el hombre resucitado en Cuerpo, en Sangre, en Alma y en Divinidad, que sube al cielo a la gloria del Padre, pero que se queda como alimento de los hombres, en Cuerpo, en Sangre, en Alma, en Divinidad, en Eucaristía, para que el que crea en mí, y coma mi Cuerpo, y beba mi Sangre, viva en mí y yo en él, y tenga vida eterna.
Yo los resucitaré en el último día, para que sean como yo: almas santas y cuerpos gloriosos de carne y hueso, divinizados en Cristo.
El que cree en mí, y vive en mí, da testimonio de mí. Tú crees en mí, permaneces en mí, y yo permanezco en ti.
Cree en mí y en que tú eres como yo soy: hombre divinizado, para ser Cristo en el mundo.
Sigue mi ejemplo, porque, como hombre, conservé la gracia para resistir a la tentación, para vivir en virtud, para entregarme a Dios con pureza y humildad de corazón. Y como hombre pude haberme negado y pude decir que no a la voluntad de Dios. Y en cambio dije no a la tentación del pecado, y dije sí a la voluntad de Dios. Porque el amor es libre y, si no es libre, no es amor.
Con esa libertad, con tu voluntad, dile no al mundo y renuncia a ti mismo, para que a Dios le digas sí, y tomes tu cruz de cada día y me sigas.
La cruz de cada día es de dolor, de perdón, de resistir la tentación, de sufrimiento, de trabajo, de obediencia, de amor, de renuncia, de crucificar el pecado, y de alegría de servir a Dios. Porque nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro. No se puede servir a Dios y al dinero.
He venido a traerte la paz, para que no vivas preocupado, y busques primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se te dará por añadidura. Bástale a cada día su afán.
He venido a darte la certeza de que sí puedes ser como yo soy, si vives en mí, como yo vivo en ti, y aceptas la gracia de Dios, para que seas como yo soy, por mí, y no por tus propias fuerzas. Y de que, por mí, puedes ser como yo soy, porque yo soy el mismo, ayer, hoy y siempre, y por mi vida, mi muerte y mi resurrección, te he hecho como yo: mi hermano, mi amigo, hijo del Padre, Cristo vivo, para que seas luz y lleves con mi poder mis obras, mi salvación y mi paz a todos los rincones de la tierra.
Mi Padre ha dado al hombre la compañía de mujer, que es carne de su carne, de su costado. Yo les doy a mis sacerdotes la compañía de mi Madre, ella es carne de mi costado, de mi corazón, y yo soy carne de su carne y sangre de su sangre. Ella vive en mí y yo vivo en ella. Es ella quien los cuida y los alimenta, los auxilia y los hace crecer, los mantiene en el camino de la gracia que lleva a mí, para que resistan a las tentaciones, para que se levanten de sus caídas, para sostenerlos en su cruz, para que mueran al mundo y vivan por mí, conmigo y en mí.
Cuando ustedes son ordenados mueren siendo hombres para nacer como sacerdotes. Yo soy quien los bendice. Yo soy el Sumo y Eterno Sacerdote.
Tendidos a mis pies, que sean como niños jugando a ser dioses. Que la emoción que alberga su espíritu y la ilusión de su alma permanezca como infantes, en la inocencia del primer amor.
Aquí les son dados los dones y las gracias. Desde aquí los envío al mundo con mi espíritu. Aquí los fortalezco en esta entrega de amor, para que vengan con valor y valentía, a dejarlo todo para tomar la cruz, que les es entregada con la misión encomendada de llevarme a mí al mundo, entre el mundo, para salvar las almas del mundo.
Que sus manos benditas, hacedoras del milagro, unan su entrega conmigo en el sacrificio del Cordero, y sea siempre, para ustedes, una espera Pascual.
Que en cada gota de vino, convertido en mi Sangre, esté un alma convertida y traída por ustedes a mi cielo.
Que en cada partícula de pan, convertido en mi Cuerpo, lleven luz y vida.
Que siempre se sorprendan ante este gran misterio, y agradezcan que les haya sido confiado.
Que sean como yo después de convertir el vino, y salgan a anunciar el Reino de los cielos, como yo los envío.
Que cuando a mis pies yazcan tendidos, adorando en el momento culmen de su entrega, para decirme sí, sea mi Madre quien los sostenga.
Que se tomen de su mano y se levanten; que caminen a su lado; que se dejen abrazar por ella, y descansen en su regazo; y que por ella nazcan como yo, para entregarse, para crecer en espíritu y en amor, para aprender a vivir en el mundo, sin pertenecer al mundo, para ser pescadores de hombres, pastores de mi rebaño, labradores de mi huerto, salvación de las almas. Cristos.
Que su vida sea oración continua, que fortalezca su vocación, que permanezca la fe y prevalezca el amor.
Que los sacerdotes mayores sean ejemplo, que sean luz y guía, y que los jóvenes los refresquen con su alegría.
Que caminen juntos llevando esperanza.
Que se levanten unos a otros cuando caigan, y que sea sólo yo su camino, su verdad y su vida.
Que vuelvan, al primer día, al amor primero, a la ilusión de la entrega.
Que todos pertenezcan al mismo cuerpo místico.
Que juntos sean uno sólo conmigo, unidad en el amor primero.
Que sean como niños, con la confianza entregada al Padre, la mirada hacia el cielo, los brazos abrazando mi cruz, y los pies en mi camino.
Que mantengan los ojos del cuerpo cerrados y los ojos del alma atentos.
Que se dejen amar por mí, porque, cuando nace un sacerdote, hay fiesta en el cielo.
Que las almas elegidas para mí sean vocaciones para amar.
Que cuando yo los llame se dispongan a su entrega, y que me digan sí, como mi Madre dijo sí.
Que oren como ella, entregando su vida a Dios como ella.
Que me amen como ella, y la acompañen, para que ella los lleve a mi encuentro.
Reciban en mi paz la gracia para que sean como ella, siguiendo su ejemplo, y sean ustedes ejemplo, para que otros hagan lo mismo».

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Madre mía, Reina de la paz: soy consciente de que tu Hijo quiere hacerse presente a todas las almas a través de mí. Ayúdame a ser un fiel portador de Cristo. Déjame entrar a tu corazón, y modela mi alma conforme a tu Hijo Jesucristo.

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«Hijos míos, sacerdotes: Cristo vivo y resucitado quiere llevar la luz y la paz al mundo, a través de ustedes.
Es a través de ustedes que Cristo alimenta al mundo con su Cuerpo y con su Sangre, y se hace presente en Cuerpo, en Sangre, en Alma, en Divinidad.
Es a través de ustedes que el hombre encuentra la reconciliación con Dios.
Es a través de ustedes que el hombre vuelve a la vida, y se une a Dios, por los sacramentos.
Es por ustedes que el hombre adquiere el conocimiento y la paz, a través de la Palabra.
Es por sus manos que Cristo se entrega constantemente y se hace presente, como pan vivo bajado del cielo.
Es en ustedes en quienes el Espíritu Santo derrama sus dones, para que adquieran la sabiduría y el entendimiento, para morir al mundo y vivir una vida plena de unión en Cristo, para que sean ejemplo y otros hagan lo mismo.
Ustedes son testimonio de fe, de esperanza y de amor.
Permanezcan en comunión conmigo, unidos al corazón de Jesús, cumpliendo los mandamientos y entregando su voluntad a Dios, viviendo en la fe, en la esperanza y en el amor, para que permanezcan en Cristo y Él en ustedes y, con su vida y con mi ejemplo, lleven su testimonio y mi amor a través de su corazón sacerdotal, para que crean en Él, y en que Él está presente en Cuerpo, en Sangre, en Alma, en Divinidad, como hombre y como Dios, en la Sagrada Eucaristía, y le abran la puerta, para que Él entre, coma con ustedes, y les dé su paz, para que ustedes quieran ser como Él, para que sean como Él y hagan lo mismo que Él, ayer, hoy y siempre».

¡Muéstrate Madre, María!
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PARA EXAMINAR LA CONCIENCIA – PRESENCIA VIVA DEL SEÑOR
«La paz esté con ustedes».
Eso dice Jesús.
Se lo dijo a sus discípulos.
Y te lo dice a ti, sacerdote, presentándose en medio de los hombres como Dios y como hombre, en Cuerpo, en Sangre, en Alma y en Divinidad, en presencia viva, al partir el pan, en Eucaristía.
Él es la paz, y Él es el mismo ayer, hoy y siempre.
Tu Señor ha venido a traerte la paz, sacerdote, abriendo tus ojos para que lo veas, y tu entendimiento, para que creas en las Escrituras, y en que se cumplirá hasta la última letra, porque Él es la Palabra encarnada en un hombre de carne y hueso, como tú, sacerdote.
Él es el Verbo hecho carne, que habitó entre los hombres, y que fue crucificado, muerto y sepultado, y que resucitó de entre los muertos al tercer día, para que se cumpliera lo que está escrito de Él en las Escrituras, que dicen que el Mesías tenía que padecer, morir y resucitar de entre los muertos al tercer día.
Tú, eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, y eres testimonio de que Él es el Mesías, el Cristo, el Hijo único de Dios, que ha venido al mundo a morir para el perdón de los pecados, porque Él es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
Tú eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, testigo fiel de que Él resucitó, y vive en ti, y a través de ti se entrega una y otra vez al mundo, para llevar su perdón a todos los hombres, y su paz hasta los confines de la tierra.
Tú eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, que se presenta en medio de los hombres, como hombre de carne y hueso, que revela al mundo su divinidad, para que el mundo crea que Cristo es el Hijo único de Dios, que ha traído la paz al mundo a través de la redención, pero que es necesario que cada uno se acerque a pedir perdón, y reciba con tu poder la absolución, en el sacramento de la reconciliación.
Tu eres, sacerdote, la presencia viva de tu Señor, y tienes su poder en tus manos, y su palabra en tu boca, para que, al partir el pan, se abran los ojos de los hombres y lo reconozcan, y para que, al recibir el perdón y la Sagrada Comunión, la paz de Dios reine en cada corazón y sea extendida en cada casa, en cada familia, en toda la tierra.
Arrepiéntete, sacerdote, y cree en el Evangelio.
Conviértete y confirma tu fe en filiación al Papa, que es Pedro, la Roca sobre la que tu Señor construye su Iglesia, y permanece sometido a su obediencia, fortaleciendo la unidad y la fidelidad a la Santa Iglesia.
Es así, sacerdote, como llevas al mundo la paz: reconociendo en el Supremo Pastor la presencia viva de tu Señor. Él predica en su nombre a todas las naciones.
Tú, sacerdote, eres testigo de esto.
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